Palermo combate naval 2/VI/1676

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Palermo combate naval 2/VI/1676



Al fallecer De Ruyte, tomó el mando su segundo Jan de Haen, quedando de segundo de la escuadra aliada don Diego de Ibarra, quien había navegado con su escuadra de galeras de Nápoles para terminar de alistar sus velas en el puerto de Palermo. Llegó la noticia de la partida de la escuadra francesa. Enterado Jan de Haen pidió Consejo de Generales y como siempre surgieron las diferencias para enfrentarse a los franceses, los españoles conocedores de la inferioridad numérica, propusieron mantenerse en el puerto, pues éste estaba perfectamente protegido por la fortaleza de Castellamare, mientras por la otra parte había una gran escollera también artillada, por ello no quedaban huecos por donde pasar sin sufrir el castigo del fuego y proyectiles.

Jan de Haen, era de la opinión de salir los navíos y galeones del puerto, con la típica formación de línea y acoderarse formando un semicírculo. Los españoles tuvieron que ceder por ser mayor el número de buques bátavos. Se inclinó la balanza a su opinión y salieron del puerto, la vanguardia de holandeses, el centro los españoles y la retaguardia por los bátavos, estando compuesta por diecisiete de ellos y diez españoles. Para cerrar los huecos se colocaron las escuadras de galeras de España al mando del marqués de Bayona y las de Nápoles de don Diego de Ibarra, pero éste pasó a la capitana de los galeones, quedando las dos escuadra unidas al mando de don Francisco, formadas por diecinueve vasos en una segunda línea, para completar ésta se añadieron cuatro fragatas holandesas y tres brulotes detrás de ellas. Montando entre todos los buques 1.450 cañones, de ellos 852 holandeses. La escuadra francesa se dividía como la vez anterior la vanguardia al mando de Duquesne, en el centro Vivonne, con su navío insignia Sceptre, del porte de 80 cañones, y la retaguardia al mando de Gabaret. En total veintinueve navíos montando 1.772 cañones, pues había algunos de tres baterías a ellos se añadían veinticinco galeras y nueve brulotes.

El dispositivo adoptado por la escuadra aliada era en semicírculo, comenzaba bajo el amparo de la artillería del fuerte de Castellamare, convertido en el punto fuerte prolongándose hasta casi el final del muelle, por el apoyo de la artillería fija en este lugar volvía a fortalecerse, pero en cambio el centro, donde estaban los galeones españoles, se convertía en el punto débil de aquella formación. Al llegar la escuadra francesa el 1 de junio se dio cuenta del dispositivo de defensa adoptado, lo que les sorprendió y frenó en principio, permaneciendo a una distancia prudencial, manteniéndose cautos estudiando la forma de penetrar o romper aquella muralla de madera, además el viento soplaba de tierra impidiéndoles atacar a todo trapo y lanzar sus brulotes, por ello decidieron mantener la distancia, pero sin perderlos de vista.

Estudiado el plan de ataque Vivonne ordenó a Duquesne, con nueve navíos, cinco brulotes y siete galeras, atacar el centro de la línea aliada, pues sería relativamente fácil romper la formación. Pero el mismo Vivonne se colocaría a forma de segunda línea detrás de Duquesne, con ello aún sería más probable la rotura, dado que los galeones españoles por mucho que se empeñaran en el combate, no podrían soportar durante mucho tiempo el empuje de tanto buque francés. Quedando a retaguardia Gabaret, quien con los suyos a suficiente distancia de la artillería de la fortaleza de Castellamare, se limitaría a abrir fuego, para evitar que la escuadra aliada no pudiera acudir en socorro del centro.

Distribuido el dispositivo de ataque el 2 de junio esperaron a que se levantara el viento del nordeste, facilitando el movimiento de los navíos galos, pero Duquesne, varió sobre la marcha su posición, dejándose llevar por el viento para acortar la distancia de fuego lo antes posible, abriendo fuego a menos de doscientos metros, sobre el principio de la línea holandesa, la que estaba acoderada al muelle, fue tan rápido y contundente su ataque que el propio humo de sus disparos, se les vino encima a los bátavos dejándolos sin visibilidad, circunstancia aprovechada por los franceses para soltar sus brulotes sobre ellos, los holandeses para evitarlos picaron los cables que les mantenían unidos en fortaleza, así los tres primeros pasaron entre ellos yéndose a estrellar sobre las rocas del rompeolas del dique, pero lo desacertado de esta salvación fue que al picar los cables y ellos tener el viento de proa, algunos no pudiendo cazarlo, siendo arrastrados y llevados a hacer compañía a los brulotes franceses, quedando encallados y medio deshechos.

Aprovechando esta confusión Vivonne se lanzó sobre el centro español, por delante como siempre los brulotes, a pesar de esto se consiguió hundir dos de ellos, pero los restantes sí dieron de lleno con la línea de galeones, aumentando de forma extraordinaria la confusión en toda la escuadra y casi la dejó fuera de combate, por no poder presentar las bandas para ofender a la escuadra francesa. Al producirse este apelotonamiento de buques, sin poder ni siquiera disparar para no dañar a los compañeros, fue aprovechado por La Brossardière, quien al mando de dieciocho galeras se coló por el centro de la línea ya roto, llegando a posicionarse en las popas de los españoles, a quienes disparaban sin cesar, sin que estos pudieran responder al fuego, además de taponar así la posible retirada a su puerto de partida.

Uno de los brulotes lanzados contra los españoles fue a dar de lleno contra el galeón insignia, el soberbio Nuestra Señora del Pilar, el cual montaba 64 cañones, por ello inmediatamente se propagó el fuego a todo el buque. A pesar de la confusión la galera capitana del marqués de Bayona a la que seguían varias de las suyas, se introdujeron en aquel bosque de palos, despreciando todos los peligros e intentando sacar al galeón, pero dado su volumen de fuego y a pesar de sus esfuerzos, les resultó vano arriesgar sus vidas y buques. De cuyo esfuerzo tuvieron que desistir al apercibirse que muy pronto el voraz incendio alcanzaría la santa bárbara, lo que inevitablemente provocaría su voladura y con ella aumentar los daños a todos los buques cercanos, por esta razón abandonaron su intento ciando al máximo posible.

A don Diego de Ibarra una bala enemiga le había arrancado una pierna, por lo que al ver su buque no tenía salvación dio la orden de abandonarlo, pero ésta no llegó con suficiente tiempo, pues el galeón saltó materialmente por los aires a los pocos minutos. De la tremenda explosión él mismo fue lanzado al agua donde pereció, pues no pudo mantenerse a flote por la falta del miembro, además de la profusión de la hemorragia al sumergirse en el líquido elemento, pero con él murieron otros setecientos cuarenta hombres, de la dotación del galeón.

Al salir proyectados los restos del galeón por todas partes, surgieron nuevos incendios en los galeones de sus cercanías, el más cercano era el San Felipe, del porte de 44 cañones, al cual se le pasó el fuego teniendo el mismo final que su capitana. Casi al mismo tiempo otro brulote había acertado en el galeón San Antonio, del porte de 46 cañones, se intentó de todo para salvarlo, pero resultó inútil saltando también por los aires materialmente al igual que los anteriores, pero otra vez sus restos incendiados alcanzaron a los dos que estaban a su lado el San Salvador, del porte de 40 cañones y el San Carlos. Pero aquí no quedó el desastre, pues también fueron alcanzadas dos de la galeras, la cuales siempre demostrando su gran valor, estaban tratando de alejar al San Antonio, por ello les cogió de tal forma la explosión y sus desperdigados trozos en llamas que quedaron prácticamente envueltas en una bola de fuego. De esta forma se perdieron los cinco galeones y las dos galeras consumidas totalmente.

Mientras esto sucedía en el centro, los daños causados en los extremos de la inexistente línea eran muy fuertes, pues los franceses atacaron con todas sus fuerzas. Dando muestra de lo denodado del combate que en él había fallecido el Almirante en Jefe de la escuadra, Jan de Haen al quien un proyectil le había deshecho la cabeza y su segundo, el español don Diego de Ibarra. Al quedar sin mandos lo tomó el de más alta graduación el contralmirante holandés Middellandt, cuyo navío, el Steenberg, del porte de 68 cañones, también había resultado incendiado por otro brulote, convirtiendo a su buque en otra hoguera flotante sin control.

No fue el único pues en igual situación se encontraban el Vrijheid, del porte de 50 cañones y el Leyden, de 36, los cuales terminaron al volar como el resto de los afectados por el gran invento de los brulotes. Al mismo tiempo un grupo formado por cuatro navíos holandeses, se mantenían firmes defendiéndose de todos los franceses, quienes sin oposición se iban incorporando al combate, siendo uno de ellos, el anterior buque insignia de De Ruyte, el tres baterías y 84 cañones Eendracht (Concordia), porque a los franceses ya no les quedaban más brulotes y mantenían un pertinaz fuego entre todos para conseguir rendirlos o hundirlos.

De nuevo hicieron presencia las abnegadas galeras españolas al mando del marqués de Bayona, pues viendo que los buques amigos estaban mochos, e impedidos de cualquier maniobra, se volvieron a meter en el centro del combate, consiguiendo no sin esfuerzos, valor y algo de temeridad, remolcarlos hasta dejarlos detrás de la escollera y bajo el fuego de las piezas que la protegían, al llegar los galos no se atrevieron a seguirles. Dejando patente que el error fue salir de la protección del puerto.

En cuanto a bajas se refiere, se pudieron contar los tres navíos holandeses y los cinco más dos galeras españolas. Las pérdidas humanas fueron muy cuantiosas, pues seguras, entre los mil doscientos y los mil quinientos hombres, más otros quinientos heridos, solo por parte española. Existen cifras dadas por fuentes francesas, pero si fueran ciertas no habría quedado nadie a bordo de los buques aliados, por lo tanto nos abstenemos de citarlas por estar fuera de lugar.

También quedó demostrado en este combate que el almirante francés estuvo a la altura de las circunstancias, bien es cierto que disponía de mayor fuerza, pero su hábil maniobra con los brulotes le solventó el problema, de lo sucedido se levantaron los correspondientes informes, al llegar a manos del propio Colbert a la sazón ministro de Francia, en ellos se había disparado las cifras de muertos (no bajas) españoles, siendo calculadas entre los tres y cuatro mil, le debieron de parecer pocos y los subió a cinco mil, mientras que ellos solo perdieron dos tenientes y algunos soldados, cuando en realidad pasaron un poco de las doscientas bajas, y los españoles sobre las cuatro mil.

Pero alguien con menos chovinismo, el marqués de Villete, quien iba de capitán en uno de los navíos franceses, nos ha dejado un inestimable detalle en sus ‹Memorias› sobre la heroicidad de los españoles, sobre todo en el buque Capitana de España, Nuestra Señora del Pilar, en las que dice: «Yo estaba á tiro de mosquete del Almirante de España cuando voló, y admiré la firmeza extraordinaria de los 200 oficiales reformados, que no abandonaron un solo punto el navío, y dieron á la tripulación el ejemplo de morir batiéndose, sin que se viera tirar al agua un solo hombre, entre 1.000 ó 1.100 que eran, pudiendo salvarse á nado, ya que tenían la tierra á tiro de fusil y les ayudaban las corrientes.»

Bibliografía:

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895-1903.

Paula Pavía, Francisco de.: Galería Biográfica de los Generales de Marina. Imprenta J. López. Madrid, 1873.

Thayer Mahan, Alfred.: Influencia del Poder Naval en la Historia. Partenón. Buenos Aires. Argentina, 1946.

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