Orlando combate 04/VII/1299

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Combate naval del cabo Orlando 04 /VII / 1299

Este gran combate naval, tuvo lugar en las aguas del cabo que le da su nombre, que se encuentra en la costa más septentrional de la isla de Sicilia, en la que se enfrentaron una escuadra del Reino de la isla, contra una del Reino de Aragón, siendo la fecha de él, el día cuatro de julio del año de 1299.

Durante años se vieron enfrentadas, la monarquía Aragonesa, por la ansiedad de poder de la Angevina, la cual se alargó en el tiempo, pues hubieron momentos de agotamiento económico y físico, por ambas partes, por lo que comenzó en el año de 1282, con la rebelión de Messina, por la entrega de ésta a la casa de don Carlos de Anjou.

Pasados los años principales de enfrentamientos, falleció el rey de Aragón don Pedro III “El Grande” en el año de 1285, pero cometió el grave error de dividir su reino, pues Aragón fue heredada por su primogénito, Alfonso I, mientras que el reino de Sicilia se lo dejaba a su segundogénito Jaime II.

Alfonso I, por las presión de la Santa Sede, que había excomulgado a su padre y a todos sus vasallos, intentó el llegar a un acuerdo, pero cuando ya parecía que se daba por perdida la Paz entre ambas, falleció el Papa, quién fue sustituido por el enérgico Bonifacio VIII, quién era a pesar de su firmeza un gran dialogador.

En las conversaciones, el Papa hacía fuerte presión en que se devolviera el Reino de Sicilia ó a la Santa Sede, o a don Carlos de Anjou, por lo que don Alfonso I debía obligar a su hermano Jaime, a que la entregara, pero sucedió que en este tiempo e inesperadamente, falleciera el rey de Aragón don Alfonso I en el año de 1291, por lo que inmediatamente, se trasladó don Jaime II a tomar posesión del Reino, dejando a Fadrique como virrey de la isla, que era hermano suyo.

Por ello prosiguió con el empeño de su hermano Alfonso, llegándose a la firma del tratado de Anagni, a mediados del año de 1295, en el que se aceptaba la Paz, entre don Jaime II rey de Aragón y don Carlos II de Anjou; por este acuerdo, la Santa Sede levantó la excomunión al Reino de Aragón, mientras que don Jaime II, consentía la entrega de la isla al rey don Carlos II.

En una de la cláusulas del tratado, se describía, que si el Rey de Aragón, no conseguía que su hermano devolviera la isla, se debería de usar la fuerza para lograrlo, por lo que debía de unir sus fuerzas a las de Santa Sede y a la de los angevinos, para conseguir tomarla a toda costa, pues de no ser así volvería a recaer sobre el Reino de Aragón la excomunión del Papa.

Este hecho, produjo una gran indignación en los sicilianos, que no se encontraban a gusto con la decisión de ser vasallos de don Carlos II, por lo que se plantearon el nombrar a su propio Rey y como don Fadrique, era una persona de mucho carácter, pero al mismo tiempo de gran amabilidad con su pueblo, pues éste le quería mucho y por ello se plantearon el nombrarlo Rey de Sicilia.

Por lo que don Fadrique acepto de buen grado el nombramiento y por ello con fecha del día veinticinco de marzo del año de 1296, fue proclamado Rey de la isla de Sicilia.

Nada más tomar la responsabilidad, que le había servido en bandeja su pueblo, comenzó a prepararse para la guerra, pues estaba convencido de que si no eran los ejércitos de la Santa Sede, lo serian los de don Carlos de Anjou y sino su propio hermano, para devolverlo a su obediencia, pues era conocedor de la cláusula que le obligaba a ello.

Ante la posición tomada por don Fadrique, el Papa Bonifacio VIII enfureció, por lo que reclamo al rey de Aragón, que se preparase una expedición de conquista de la isla como le obligaba la cláusula del tratado.

El Papa, hizo lo mismo con don Carlos II, pero éste se excusó de poder participar, por tener las arcas del estado vacías y disponer de muy pocos buques en esos momentos. Por lo que no se ha llegado a saber, si fue solo una excusa o era verdad la disculpa dicha.

El caso es que se vió solo don Alfonso I, para ir a la conquista del reino de Sicilia, por lo que pasó a ser una más de las guerras civiles sufridas por España, ya que no dejaban de haber aragoneses en los dos bandos y los Reyes eran hermanos, así que más civil imposible.

Tratando de evitar esta guerra fraticida, don Alfonso I envió órdenes a los muchos oficiales aragoneses que se encontraban en la isla, para así restar efectivos a su hermano y que la guerra no fuera tan cruenta, pero estos jefes rehusaron el regresar al reino de Aragón, pues consideraban que don Fadrique era como antes lo había sido el propio don Alfonso, el Rey de Sicilia y por tanto se negaron ellos, y todas sus huestes a sus órdenes a abandonar a don Fadrique.

Visto y comprobado la falta de ayuda, don Alfonso I dio orden de ir componiendo la expedición, pero esto no resultó fácil, dado que las galeras y la tropas, había que ir sacándolas de otros lugares y sobre todo los bajeles, se tenían que construir la mayoría, por lo que la preparación a pesar de las prisas se fue prolongando por espacio de doce meses.

Consiguiendo reunir sobre comienzos del año de 1298, en el puerto de Rosas una gran escuadra, que estaba compuesta por setenta galeras, pero que como siempre en estos datos suelen haber diferencias con las distintas fuentes, ya que otros la da de ochenta, a las que se sumaban diez naves gruesas de transporte, que se habían alquilado por la imposibilidad de ser construidas en todo el reino, ya que eran precisas para transportar a las caballerías, que en total eran unos quinientos, así como una cantidad sin acuerdo de las fuentes, de infantería de entre tres a cinco mil hombres, por lo que sumando las dotaciones de los vasos eran en total, entre catorce y dieciséis mil hombres.

A pesar de esto, siguen habiendo diferencias, pues según las ordenanzas, cada galera debería llevar a doscientos hombres, entre marineros, remeros y soldados, por lo que solo estos datos, elevan las cifras entre, los dieciocho y veintiún mil hombres.

Lo que nos indica claramente, que el esfuerzo de guerra fue casi del máximo permitido por el Reino, ya que eran muchos hombres y buques, al mismo tiempo que se considera, que a lo largo de la historia del reino de Aragón, fue la mayor fuerza jamás formada en una sola expedición.

La mayor desgracia que le pudo suceder a don Fadrique, fue que estando don Roger de Lauria de su parte, ya que era un encarnizado enemigo de la Santa Sede y de la monarquía angevina, surgieran unas disputas entre ellos, por lo que a pesar de estar de acuerdo con el Rey de Sicilia, el almirante aragonés le abandonó y pasó al reino.

Por ello, la expedición se puso bajo mando directo del Rey de Aragón, pero como lugarteniente y segundo de ella, se le otorgó el mando a don Roger de Lauria, que sin duda seria el hombre clave de la confianza de sus marineros y fuerzas siendo garantía de una segura victoria.

En el mes de abril del año de 1298, zarpó la expedición desde el puerto de Rosas con rumbo al puerto de Ostia, para que el rey de Aragón presentará sus respetos al Papa Bonifacio VIII y donde éste, le otorgó públicamente lo poderes como Jefe de la expedición, al terminar el ceremonial, se volvieron a hacer a la mar con rumbo al reino de Nápoles, por hallarse allí un fuerte ejército angevino, dispuesto a ser embarcado y dirigirse todos a la isla de Sicilia.

Aquí comienza a hacer aparición el ingenio del almirante de Aragón don Roger de Lauria, pues aconseja al Rey, que se dirija a la fortaleza de Patti, la cual fue conquistada después de efectuado un desembarco, además de estar muy próxima a la ciudad de Messina y ya estar en plena isla, con todos sus efectivos en tierra.

Pero en vez de dirigirse a ésta ciudad, lo hicieron sobre Siracusa, en la costa oriental de la isla, cuyo asedió por la pertinaz resistencia de los que la custodiaban se prolongó en el tiempo.

Roger de Lauria, había dejado en protección de la plaza de Patti, una división de su escuadra, compuesta de veinte galeras y al mando de su sobrino Juan de Lauria, para que prestaran el apoyo a sus fuerzas, ya que la plaza estaba sufriendo un contraataque de los sicilianos.

Juan de Lauria, ante la inactividad de las fuerzas navales de los mesineses, se descuidó un poco en poner firme vigilancia a la escuadra enemiga, que contaba con el mismo número de unidades.

Esto causó, que al regresar a estas aguas fuera atacado de improviso por los mesineses, que habían conseguido formar esa escuadra, cumpliéndose el axioma de que la sorpresa es la mejor de las victorias, en el combate los sicilianos consiguieron el hundir ó apresar a dieciséis de las aragonesas, incluida la de Juan de Lauria, por que solo pudieron escapar cuatro, que fueron las que llevaron la noticia del desastre sufrido.

Al enterarse Roger de Lauria de lo sucedido y viendo la tenaz resistencia de la fortaleza de Siracusa, añadiendo, que el otoño se acercaba y que sus galeras se podían ir al fondo por la mala estación que venía sobre todo para ese tipo de naves, le propuso al Rey, que lo mejor sería retirarse y regresar a Nápoles, para así asegurarse de no tener más pérdidas de unidades navales innecesariamente.

Estando de acuerdo el Rey con la observación de su almirante, se decidió dar por finalizada momentáneamente la expedición, por lo que se levantó el sitio de Siracusa, se embarcaron las fuerzas y se puso rumbo a Nápoles; pero fue tan acertada la observación de Roger de Lauria, que a pesar de hacerla a tiempo, en la travesía por el mal tiempo y los fuertes vientos reinantes en esas zona, en esa época del año, aún no se pudo evitar el perder a cuatro galeras más, así como el que la mayoría sufriera algún tipo de desperfecto, si se llegan a quedar, no se hubiera salvado ninguna y con ello la expedición hubiera sido un total fracaso.

El rey Fadrique, aprovechó al máximo el respiro que le dieron, por lo que puso en marcha toda las posibilidades de la isla, que si bien no es de una gran extensión, si contaba con los suficientes recursos para por lo menos construir galeras suficientes, para poderse enfrentar a las que le pudieran presentar los reinos de Génova y Venecia, que en esos momentos eran los más poderosos de la región.

Pero el rey de Aragón, tampoco perdió el tiempo, pues ya en la primavera del año de 1299, se encontraba en una febril actividad todas sus fuerzas, en preparación de la nueva campaña, a la que de nuevo tenía que acudir en solitario, ya que el rey de los angevinos se volvió a excusar de no tener suficientes fuerzas navales para apoyarle en esta nueva expedición; pero si contribuyó con un fuerte ejército, para ser utilizado en el desembarco y tomar la isla.

Por los datos, se puede saber que las fuerzas navales del reino de Aragón, se habían visto mermadas a un total de cincuenta y seis galeras, siendo la gran mayoría de ellas de su reino.

Así el día uno de julio zarpó la escuadra desde el puerto de Nápoles, alcanzando la costa de Sicilia en día dos, por su parte mas meridional, fueron costeando hasta alcanzar de nuevo a Patti, que está en las cercanía del cabo Orlando, ya que la intención del rey Jaime II no era otra que el hacer que el gran ejército angevino que abarrotaba sus galeras, fuera lo antes posible puesto en tierra, para dejar a las naves libres de movimientos y francas para poder entrar en combate.

Pero enterado de todo el rey de Sicilia y habiendo reunido a cuarenta galeras, y sin esperar a que todas las que se estaban construyendo a lo largo de la costa se le pudieran unir, se lanzó al combate ya que era conocedor de que las tropas que embarcan las aragonesas, les iba a restar velocidad y maniobrabilidad, dos factores siempre muy importantes en la guerra naval.

Aprovechando esta mala situación de su enemigo, decidió a la altura del cabo Lípari ganarles la delantera obligándoles a entrar en combate antes de que pudieran desembarcar las tropas, lo que hacía que a pesar de ser mayor número que sus fuerzas, al estar entorpecidas por lo explicado, entraran en combate en mar abierto y sin posibilidad de poder deshacerse de su pesada carga.

Pero su maniobra no tuvo el éxito esperado, ya que como era conocedor de ello el rey Aragonés, pues nada más doblar el cabo de Orlando y viendo la maniobra de las galeras de Sicilia, se apresuró a acercarse a tierra y desembarcó a sus tropas de transporte, lo que se consiguió en muy poco tiempo ya que este iba en su contra consiguiendo dejar a sus naves libres de la sobrecarga, esto se explicó a las tropas y estas ayudaron lo indecible para conseguir abandonar los bajeles, algunos incluso se echaban a la mar sin esperar a los botes encargados de transportarlos, de esta reacción se pudo salvar la expedición.

Pero de inmediato, y tal cual iban dejando a su carga, Roger de Lauria, ordenó que se fueran posicionando, unas abarloadas a las otras, con la popa hacia tierra y con las proas en dirección al mar abierto, presentando así una muralla que al mismo tiempo, que se iban añadiendo unidades, se iba protegiendo a las que aún estaban desembarcado a sus fuerzas.

Al ver los sicilianos, las amenazadora disposición de las naves de Aragón, y que eran superiores en fuerza, siendo que ellos a pesar de haber forzado de remos, no habían logrado el impedir el desembarco, comenzaron a vacilar y resolvieron no presentar combate.

Por eso de momento no hubo enfrentamiento y Fadrique, se tuvo que esperar a contar con más galeras, ya que se esperaban las mencionadas, que iba recogiendo Matteo de Termini el cual y según fuentes, quizás exageradas, debía de incorporarse a la escuadra con ochenta nuevas naves, lo que de ser verdad, la ventaja seria arrolladora contra la escuadra aragonesa.

Es esta calma por las dudas por parte de los sicilianos, Roger de Lauria sin perder su formación defensiva ya descrita, aprovechó para terminar de desembarcar a todo el ejército y los caballos, por lo que por fin consiguió el estar libre por completo de su pesada carga de transporte.

Al mismo tiempo, en la parte de los sicilianos, estos estaban convencidos de poder conseguir la victoria, llevados de este gran ánimo lograron convencer a don Fadrique de que presentara combate, para no defraudar a sus tripulaciones a los que tanto apoyo le habían prestado, se decidió a atacar a pesar de hallarse en esos momento en franca inferioridad numérica.

Todo esto ocurrió el día cuatro de julio, uno de esos de sofocante calor con muy altas temperaturas y que conseguían casi abrasar a los combatientes, que cubiertos con mallas y cotas, estaban casi impedidos de movimiento alguno, por lo que algunos incluso fallecieron por los efectos del calor reinante, ya que no se pudo observar en ellos ninguna herida.

Los aragoneses, en su dispositivo de defensa tenían a su diestra el cabo Orlando y a popa la desembocadura del río San Marcos, mientras que los sicilianos, se había colocado a barlovento.

El dispositivo de ataque, estaba formado por las cuarenta galeras sicilianas que formaron en línea con su galera Real en el centro, siendo la formación, de diecinueve galeras en su ala derecha y veinte en la izquierda, como Jefe de todas ellas el Rey don Fadrique y de segundo, Conrado Doria un almirante de noble linaje y contratado por los givelinos del reino de Génova.

Frente a estos, se encontraban las cuarenta y siete galeras de Aragón, al mando directo de su Rey, posicionada también su galera Real en el centro de la línea y en la que iban, varios príncipes angevinos y se enarbolaba a parte del estandarte Real de Aragón, el de La Santa Sede.

Mientras que las restantes nueve galeras, por orden de don Roger de Lauria, quedaron dos a la proa de la Real, mientras que las siete disponibles, que eran las mejores de la escuadra, al mando directo de Roger de Lauria, pues como siempre él pretendía combatir a su manera ya que las galeras elegidas eran a su vez, las más maniobrables y rápidas.

Las dos escuadra se pusieron en movimiento como si se tratara de una fusta medieval, solo que al llegar al alcance del tiro de ballesta, se pararon las dos y así estuvieron un tiempo lanzándose dardos, que ocasionaron muchas bajas en ambos lados, por lo que poco tiempo después se lanzaron a remo de combate la una sobre la otra.

Uno de los jefes y noble sicilianos, demostró su gran valor, adelantándose a su línea, por lo que rápidamente fue rodeado por tres de las aragonesas y el combate a pesar de la fuerza con la que venían, no pudo contra la superioridad de los aragoneses que se mantuvieron firmes, causándole la muerte al poco tiempo.

Esta actitud, desencadeno la furia en los dos bandos, provocando una acometida general sin tregua ni perdón, así se generalizó el combate en toda la línea y donde cada uno hacía o combatía lo mejor que sabía.

La acometividad de los sicilianos convencidos de poder vencer, obligó a hacer retroceder a los aragoneses, consiguiendo en esta brava acometida poner bajo el alcance de los dardos y flechas a la galera Real aragonesa, lo que obligó a que varios de los jefes al presenciar el valor demostrado por el primero quisieron imitarle, por lo que consiguieron avanzar de forma arrolladora, llegando incluso a ser herido en una pierna por una flecha el propio rey Jaime II.

Pero Roger de Lauria, se había mantenido a la expectativa, manteniendo a sus siete galeras muy unidas, al mismo tiempo que iban virando para poder coger por detrás a los enemigos, cuando pensó que era el momento de atacar lo efectuó como siempre sin más.

Se lanzó sobre las constreñidas galeras sicilianas, a las que fue arrasando una a una, bien abordándolas ó hundiéndolas, lo que consiguió tener el efecto de que toda una de las alas de las sicilianas, se viniera a bajo por completo, al conseguir deshacer parte de las primeras continuó virando, esto fue visto por los sicilianos y considerándose rodeados se pusieron en franca fuga.

Una vez más la táctica se había impuesto, por la genialidad de un almirante por ello y viendo la huída de sus galeras, que los abandonaban sin ninguna posibilidad de soportar el empuje de los aragoneses, los almirantes sicilianos intentaron convencer a don Fadrique para que diese la orden de retirada, pero éste llevado por su valor no quiso hacerles caso y dio orden de lanzar a su propia galera al combate.

Acción que se hubiera realizado, de no ser por la providencia, de que de pronto el Rey se desplomó, quizás por el calor y con él, el cansancio del insoportable día, el caso es, que esto fue aprovechado por sus almirantes, que dieron la orden que le requerían a su Rey.

Así, se transmitió la orden a las cinco galeras más cercanas, y virando la Real éstas le siguieron, por lo que al verlas las demás, se comprendió que se daba por perdido el combate.

Pero lo curioso, es que el que de más cerca les siguió fue la galera de Conrado Doria, a la que se unieron otras sicilianas que estaban junto a la de su jefe.

Todo esto causó, que solo unos pocos capitanes llevados por su amor propio, se mantuvieron en sus lugares y prosiguieron la pelea, pero conforme iban siendo abandonados, quedaban más naves aragonesas para ir contra ellos, por lo que a pesar de su extraordinaria fiereza demostrada, fueron sucumbiendo ante la mayoría de los aragoneses.

Al final, la victoria fue total para las armas de Aragón, pues de las cuarenta galeras sicilianas, fueron hundidas cuatro y apresadas dieciocho, quedando sólo en poder de su Rey dieciocho sumando a la Real de Sicilia.

Los datos por parte de las aragonesas, no son sabidos, ya que al parecer, muchas salieron dañadas de la primera embestida, pero ninguna fue hundida y menos apresada.

Al término del combate, vino una crueldad, de las muchas que se acreditan a don Roger de Lauria, pues al conocer la muerte de su sobrino, se la tenía jurada a los sicilianos, por lo que mandó ejecutar a la totalidad de los jefes apresados en combate, orden, que empañó su triunfo, como en otras ocasiones.

Aunque en su descargo, habrá que recordar, que estamos hablando del siglo XIII, o sea la Edad Media Alta, cuando la vida tenía muy poco valor y de ahí el que a este siglo, como sus anteriores se les tache de crueles y asesinos, pero en este periodo de la Historia no se escapaba nadie de ello.

De hecho los Reyes, aún iban a la guerra, como queda demostrado y dicho, y no como en épocas posteriores, que se combatía desde los palacios y sus sillones de los despachos si es que lo hacían, pero eso sí, eran más “civilizados”.

Bibliografía:

Cervera Pery, José. El Poder naval en los reinos Hispánicos. Editorial San Martín. Madrid. 1992.

Condeminas Mascarós, F.: La Marina Española (Compendio-Histórico). Barcelona. Editorial Apolo, 1923.

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1957. Compilada por Ángel Dotor.

Salas y González, Francisco Javier.: Marina Española de la Edad Media. Imprenta Ministerio de Marina. Tomo I, 1925, 2ª Edición. Tomo II, 1927. Edición póstuma.

Salas y González, Francisco Javier.: Marina Española de la Edad Media. Imprenta Ministerio de Marina. Tomo I. Estb. Tipog. de T. Fontanet. Madrid, 1864.

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