Magallanes, Fernando de4

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Zarparon de esta isla con rumbo al O., hasta que divisaron la de Gada, que era una muy limpia de bajos sin habitantes, lo que aprovecharon para hacer aguada de nuevo y proveerse de más leña.

Al terminar estos trabajos, zarparon de nuevo con el mismo rumbo, alcanzando una isla de mayores proporciones que sí estaba habitada, conocida por el nombre de Seilani y por intercambios típicos, se enteraron de que en ella había alguna mina de oro, pero no se entretuvieron en averiguarlo.

Zarparon de este lugar y bordeando la misma isla, se desató un temporal, que para correrlo, tuvieron que navegar al OSO., y el mismo viento y mar, los llevaron a una nueva isla, que hay diferencias de nombre según fuente, pues para unos era Mazava y para otros Mazaguá, se encuentra en la latitud 9º 40’ Norte, fueron bojeándola hasta encontrar un poblado y en su bahía fondearon.

Magallanes llevaba un esclavo que había comprado en sus anteriores viajes, por lo que ahora le servía de intérprete, por ello al ser abordada la nao capitana por el Rey de Mazaguá, se había acercado con diez de sus hombres para saber que querían los recién llegados, se le comunicó: «…eran vasallos del Rey de Castilla y que querían hacer paz con él y contratar las mercaderías que llevaba, y que si había mantenimientos le rogaba que se los diese y se los pagaría.»

El rey le contestó: «que no los había para tanta gente, pero que partiría lo que tenías con ellos», y a las pocas horas, se acercaron unas canoas y con ellos a cuatro cerdos, tres cabras y algún arroz.

Como coincidía que ese día era Pascua de Resurrección, Magallanes ordenó levantar una pequeña capilla en tierra y colocar una cruz en un monte cercano, para advertir a todos que allí habían estado los españoles, pues era una señal inequívoca.

Después mando, que la gente bajara a tierra a oír misa y celebrar tan sagrado día, por lo que dejaron solo a bordo a una pequeña guarnición; al terminar el oficio religioso regresaron a las naos.

Pero al subir a colocar la cruz en aquel promontorio, los indios que les habían servido de guías, les indicaron que las tres islas que se veían desde allí arriba, en dirección OSO., estaban llenas de oro, solo que del tamaño entre una lenteja y un garbanzo.

Por el buen recibimiento que tuvo y ningún altercado, Magallanes ordenó se le entregaran al Rey algunos regalos, ocasión que aprovechó para pedirle le diera razón de donde se podía recoger más comida para sus famélicas tripulaciones.

El Rey le indicó que como a unas veinte leguas, se encontraba una gran isla y que su jefe era pariente suyo, que por su gran extensión seguro que le podría proporcionar cuanto quisiera; Magallanes le pidió entonces que le diera a algunas personas para que los guiaran, pero ante la estupefacción del capitán general, el mismo Rey se ofreció el conducirlos, a lo que Magallanes le correspondió con la entrega de más regalos.

Así el Rey acompañado al parecer de su guardia personal se quedó en la nao, enviando sus regalos a tierra y zarpando al momento, primero puso rumbo al N., que le llevó a la isla de Seilani, la cual fue costeada por el NO., hasta alcanzar los 10º de latitud N.; y al finalizar el doblar costeo se divisaron tres islotes, cambiando el rumbo al O., después de navegar unas diez leguas, se encontraron con otras dos islas pequeñas, aquí le sobrevino el ocaso dándose la orden de ponerse a la capa para pasar la noche.

Al amanecer del día siguiente se desplegaron las velas y con rumbo al SO., un cuarto al S., y después de navegar otras doce leguas, alcanzaron la latitud e 10º 20’, encontrándose ante un canal formado por dos islas el cual se embocó, siendo estas la de Mactán y la otra la de Subú ó Zebú, el canal corría al O., y sobre el centro de él se encontraba la villa de Zebú, que por su gran bahía se aprovechó para fondear.

La isla de Cebú y las de Mazaguá y Suluan, están en dirección entre E., un cuarto al SE., y O., un cuarto al NO., y entre Cebú y Seilani, se descubrió al N., una tierra muy alta, según los nativos le llamaban Baibay, a su vez les comunicaron que contenía mucho oro y mercancías, pero que era tan grande que ellos no le habían encontrado el final.

A parte de ir el Rey, éste había ordenado que una de sus canoas le acompañara en el viaje, porque en el trayecto se encontraban muchos bajíos y por eso durante toda la navegación, había ido de exploradora para que las naos no tuvieran problemas, ya que estas desconocidas aguas eran muy peligrosas.

Al llegar ante la población de Cebú, salieron como unos dos mil indios armados, pues nunca habían visto a semejantes buques, a los que desde la playa los miraban con asombro y miedo.

Pero para controlar la situación, fue llevado a tierra el Rey de Mazaguá quien informó al Rey de Cebú, que era su primo, que no habían llegado para hacerles ningún daño, pues la muestra estaba con él, que les había acompañado en el viaje desde su isla, queriendo solo ser abastecidos pues traían mucha hambre, rogándole que lo antes posible fueran abastecidos de los víveres necesarios, añadiendo que eran gente de paz y no de guerra.

Pero el receloso Rey de Cebú envió emisarios a Magallanes, porque le parecía bien lo que demandaba y que le serviría de todo cuanto necesitase, pero primero tendría que firmar la paz con él, pues al ser Reyes distintos las costumbres de aquellas islas eran esas y que la forma era, el hacerse una herida en el pecho cada uno, y uno bebía del pecho del otro y viceversa.

Magallanes le contestó que si eso era necesario, no había inconveniente en hacerlo, pareciéndole bien, por lo que se concertó esperar a la mañana siguiente para realizar el acto a bordo de la nao capitana, pero temprano apareció una canoa, de la cual saltó y abordó un emisario del Rey, comunicándole a Magallanes, que en atención a lo mucho y bueno que le había contado su primo, no pensaba que era necesaria la ceremonia, así que daba por sentada la paz entre ambos.

Al conocer la noticia Magallanes, ordenó disparar una salva con toda la artillería de sus naos, cuyo estruendo atemorizó a los indios y estos no salieron corriendo porque sabían que se había firmado la paz.

Al poco fueron apareciendo canoas cargadas con toda clase de alimentos, los cuales se fueron trasbordando a las naos, entre lo principal se encontraban; cabras, gallinas, puercos, ñames, mijo, arroz, cocos y mucha fruta, a cambio de esto se les regalaron los típicos abalorios de la época, sobre todo con las consabidas cuencas de cristal, que les enloquecían por sus brillos.

En tan solo cuatro días con este cambio de dieta, todos los enfermos mejoraron mucho, incluso algunos menos graves, se recuperaron por completo; para dar gracias de ello, Magallanes dio la orden de levantar un ermita de piedra, al terminarse que fue muy pronto se quería dar gracias a Dios con la celebración de un Santa Misa.

Para ello se bajaron a tierra todos los soldados y marineros, pero para ver lo que allí ocurría se acerco el Rey y su esposa, con todos los principales de la isla; permanecieron callados y en silencio, pero sin perder detalle; lo que aprovechó el sacerdote don Pedro de Valderrama enalteciendo la Fé Católica, para por medio de la palabra ganarse el afecto de los que allí se encontraban.

Así convencidos del bien que les daría pertenecer a esta religión, pidieron ser bautizados lo que se cumplió en el acto, pasando en pocos días todos los habitantes de la población por el ministerio del bautismo; al ver esto Magallanes ordenó construir una gran cruz y ponerla delante de la ermita.

Los indios se quedaron atónitos con el acto religioso para celebrar sus alegría, al concluir el Rey y su esposa, invitaron a Magallanes y a los más altos cargos de la expedición a su palacio, éste era en realidad un gran choza, pero se les sirvió de comer espléndidamente, con un pan, (llamado allí sagú, que está hecho del corte de unos árboles y a piezas frito con aceite), diversas aves, frutas y un vino ó licor, que se extrae de efectuar unos cortes en la corteza de la palma, destilándolo después para quitar impurezas y que tiene un grato sabor.

Al finalizar esta fiesta y para celebrarlo Antonio Pigafetta, por abrazar los reyes de Zebú la Fé Católica, le entregó una talla del Niño Jesús a la reina, que era la esposa del cristianizado rey Carlos Hamabar, para que supliera a todos sus ídolos hasta entonces venerados como a dioses; el mismo Pigafetta nos dice: «Yo feci vedere alla Regina un immagine di Nostra Signora, statuetta di legno representante il Bambin Gesú ed una ocre…La Regina mi chiese il Bambino, por tenerlo en luogo de suci idoli…e a lei le diedi»

Magallanes, al ver el agrado con que le habían recibido en la isla de Cebú y que esta era rica en oro, jengibre y otras especies, podía con cierta facilidad conseguir esas especerías, para llevarlas a Castilla y así demostrar el valor de estas posesiones.

Por lo que ordenó levantar una casa para que fuera algo parecido a la de la Contratación, pasando así a centralizar todos los intercambios marcando un precio fijo para cada uno, como segunda faceta que sirviera de almacén de palos, vergas, velas, cabos y otros materiales necesario para poder reforzar las naves que llegaran, con todo ello se facilitaba tener a mano las mercancías y los repuestos de las naos facilitando su carga, y alistamiento para su viaje de regreso a Castilla.

Al mismo tiempo los naturales le notificaron que en la isla de Burney ó Borneo, se disponía de gran cantidad de bastimentos, lo que decidió ir a ella y saber de verdad lo que había de cierto en ello; además que era probable saber más sobre lo que realmente buscaba, que era el Maluco o Molucas, por lo que las tripulaciones ya casi recuperadas en su totalidad se alegraron de poder con esto regresar a Castilla.

El problema surgió, al ser comunicado a Magallanes que en la isla de Cebú habían otros cuatro reyes, los cuales y por haberse convertido al catolicismo su amigo y proclamado vasallo del Rey de Castilla, había encargado una gran joya para el Rey castellano, que fue lo que hizo saltar la alarma.

En un principio Magallanes, envió embajadores a los demás reyes, para que mostraran cuanto había ganado el que se había hecho vasallo del Rey de Castilla, (pero a nuestro entender cometió un error), pues estos enviados demandaban que estos reyes, presentaran a su vez pleitesía al bautizado, sin respetar que para ellos todos tenían la misma categoría y no era de razón realizar tal acto.

Por lo que dos, seguramente más precavidos, sí se presentaron a esta nueva norma, pero los otros dos no lo hicieron; Magallanes pensó que si se le hacía algún daño obedecerían, para ello mando preparar a dos de las naos y partir en su busca, consiguiendo alcanzar uno de los poblados de los “insurrectos”, donde desembarcaron pero cogieron todos los víveres que hallaron y le pegaron fuego a las chozas.

En su descargo, los reyes argumentaron, que si querían joyas y oro, no tenían inconveniente en dárselo al Rey de Castilla, pero que de ningún modo se lo daría al de Cebú, porque ellos eran tan buenos como él o más; pero 'Magallanes (a nuestro entender algo ciego de la realidad de la situación, llevado muy posiblemente por su orgullo de conquistador) insistió en que si no se le hacía al Rey Cristiano de Cebú, no se le podía hacer al Rey de Castilla.

Ya casi fuera de sí Magallanes por la indisciplina de estos reyezuelos, amenazó al Rey de la isla de Mactán, que si no se presentaba ante el de Cebú, le quemaría su poblado y palacio; pero éste Rey no se amilanó y le respondió, que cuando quisiera ir él le aguardaría.

Magallanes ya encolerizado ante tamaña desobediencia y con reto incluido, ordenó preparar tres de las canoas grandes, en las que iban sesenta hombres de armas, porque aún quedaban algunos que no podían acudir a este combate, por no estar recuperados totalmente quedándose de protección de las naos.

El Rey Carlos Hamabar, el cristiano de Cebú, le recomendó que no fuera porque había recibido mensajes de que tanto los dos reyes que habían ido, como al que se le había atacado y quemado su poblado, se habían reunido en la isla de Mactán, si se habían reunido los cuatro en total podrían juntar entorno a unos seis mil hombres, que eran demasiados para combatir contra sesenta por muy diestros que fueran.

Pero Magallanes desoyó el buen consejo del Rey Carlos, estando ya para zarpar aún el capitán don Juan Serrano le dijo: «…que le parecía que no tratase de aquella jornada porque, demás de que de ella no se seguía provecho, las naves quedaban con tan mal recado que poca gente las tomaría, y que si todavía quería que se hiciese, no fuese, sino que enviase otro en su lugar.»

Magallanes (para nosotros cegado) no admitió ningún consejo, por lo que el Rey de Cebú, se ofreció a llevar a mil de sus hombres en canoas para ayudarle, a esto no puso reparo, así los dos juntos salieron, llegando a la isla de Mactán dos horas antes del amanecer.

El primer problema se planteó que eran horas de bajamar, por lo que ni siquiera las canoas grandes pudieron acercarse a las playas lo suficiente, teniendo que desembarcar con el agua a la cintura, con el consiguiente peligro de mojar la pólvora, cuando aún estaba fuera del alcance de los arcos enemigos, pero tendrían que andar un largo trecho en que si se producía el ataque no sería posible efectuar la recarga de los arcabuces, pero nada de todo esto paró a Magallanes, pues su intención era llegar a la paya y continuar el avance para comenzar el ataque inmediatamente.

Pero el Rey de Cebú, le dijo que no lo hiciese hasta que no fuera de día, pues era conocedor de las tácticas de sus compañeros y era seguro que la playa estaría llena de hoyos, en lo que se tenía la costumbre de clavar estacas con puntas muy agudas, siendo después cubiertos con grandes hojas y encima arena, muy difíciles de detectar para los que no lo sabían y si se lanzaba sin poderse ver bien el terreno sufriría la pérdida de muchos de sus hombres, pero como Magallanes seguía en su firme propósito, le ofreció, que fueran sus indios por delante para avisar o ir despejando el paso puesto que eran conocedores de esta arma secreta, resultándoles más sencillo poder descubrir que puntos estaban libres de paso, evitando que los castellanos cayeran sin razón, por ser la mejor forma de poder sortear la situación, así se conseguiría una fácil victoria.

Magallanes se negó rotundamente, pues no iba a permitir que los que habían venido a salvar al Rey de Cebú, fueran quienes salvaran a los suyos exponiéndoles a un sacrificio, pero porque además podría comprobar cómo combatían los castellanos, puesto que eran invencibles en los campos de sus reinos.

Pero entre tanto, el Rey de Cebú había conseguido que el tiempo pasara, por lo que ya estaba próximo el amanecer, así que Magallanes se esperó un tiempo para que su gente pudiera distinguir las trampas.

Dejó a cinco hombres custodiando los bateles, con los restantes cincuenta y cinco se lanzó sobre la población, la cual como era de esperar estaba vacía, así que como escarmiento le pego fuego a todo el poblado, pero estando en este trabajo se presentó un numeroso grupo de indios por un lado, a los que los castellanos les dieron la cara y pelearon con ellos, pero al poco tiempo, por el contrario apareció un nuevo contingente de indios, lo que obligó a los castellanos a dividirse para hacer cara a los dos frentes, pero el empuje a pesar de las muchas bajas sufridas por los indios era tan fuerte que les obligaron a juntarse casi tocándose las espaldas.

Así transcurrió gran parte del día, hasta que llegó el fatídico momento en que la pólvora de los arcabuceros comenzó a escasear y las saetas de los ballesteros igualmente, al ver los indios que ya no les hacían fuego, se fueron acercando y lanzándoles gran cantidad de lanzas y flechas, se encontraron en un muy grave aprieto, lo que convenció a Magallanes que era hora de retirarse.

Mientras tanto el Rey de Cebú, se mantuvo a la expectativa de lo que iba ocurriendo, permaneciendo siempre oculto y en silencio.

Los bateles se encontraban a una gran distancia en campo descubierto y sin protección posible, los castellanos se fueron retirando sin dar la espalda evitando que les dieran con algún objeto, pero era tan grande la cantidad de todo tipo de proyectiles que les lanzaban, puesto que igual eran piedras, flechas ó lanzas; cuando una de las piedras golpeó en la celada de Magallanes que por su efecto se la arrancó de la cabeza, al mismo tiempo, recibía una flecha en una pierna, como la lluvia de objetos era interminable, otra pedrada le dio en la cabeza al no llevar ya protección del impacto cayó al suelo, pero no pudiendo ser recogido por sus hombres, al ir avanzando los indios llegaron a donde estaba semiinconsciente, y allí mismo lo atravesaron con una lanza.

Como consecuencia de esta lanzada falleció casi instantáneamente, pero no se podía hacer nada por recuperarlo, pues lo indios al ver vengada su afrenta y los cinco que habían quedado de guardia de los bateles comenzaron a abrir fuego, protegidos por este fuego se fueron agrupando los españoles embarcando; momento en el que el Rey de Cebú lanzó a sus indios para terminar de frenar a los enemigos, lo que consiguió plenamente.

Fueron los muertos en este combate; el capitán general don Fernando de Magallanes; el capitán de la nao Victoria, don Cristóbal Rabelo; marinero, don Francisco Espinosa; grumete, don Antón Gallego; sobresaliente, hombre de armas, don Juan de Torres; criado de Juan de Cartagena, don Rodrigo Nieto; criado del alguacil Gonzalo Espinosa, don Pedro Gómez y el sobresaliente, que salió herido, don Antón de Escovar, que falleció el día 29 de abril.

Pero no deja de ser curioso que en este lance, solo perdieran la vida seis hombres, a pesar de los miles de enemigos lanzando a su vez otros tantos miles de proyectiles y lo largo en el tiempo del combate, lo cual dice mucho de las protecciones de los soldados en esa época.

Así cayó muerto un gran marino y descubridor, quizás llevado de su orgullo no atendió a casi nadie durante todo el viaje, lo que no le benefició nunca y por no hacer caso a personas, que si no eran más sabías, si que eran más conocedoras de las formas de actuar de sus enemigos, con lo cuales llevaban años peleando o quizás siglos, pero se cegó por ese mal entendido orgullo, tanto de quien era, como del valor e importancia de las tropas, que aunque no desmerecieron en ningún momento, no eran comparables en número y a pesar de ser las armas enemigas muy poco efectivas, a él le mataron.

Falleciendo en combate en la isla de Mactán, el 27 de abril de 1521. Calendario Juliano

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Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895—1903.

Pigafetta, Antonio: Primer viaje entorno al globo. Traducción del original de Pigaffeta. Editorial Francisco Aguirre. Buenos Aires, 1970.

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