Magallanes, Fernando de4

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Revisión de 20:23 6 abr 2012

Zarparon de esta isla con rumbo al O., hasta que divisaron la de Gada, que era una muy limpia de bajos sin habitantes, lo que aprovecharon para hacer aguada de nuevo y proveerse de más leña.

Al terminar estos trabajos, zarparon de nuevo con el mismo rumbo, alcanzando una isla de mayores proporciones que sí estaba habitada, conocida por el nombre de Seilani y por intercambios típicos, se enteraron de que en ella había alguna mina de oro, pero no se entretuvieron en averiguarlo.

Zarparon de este lugar y bordeando la misma isla, se desató un temporal, que para correrlo, tuvieron que navegar al OSO., y el mismo viento y mar, los llevaron a una nueva isla, que hay diferencias de nombre según fuente, pues para unos era Mazava y para otros Mazaguá, se encuentra en la latitud 9º 40’ Norte, fueron bojeándola hasta encontrar un poblado y en su bahía fondearon.

Magallanes llevaba un esclavo que había comprado en sus anteriores viajes, por lo que ahora le servía de intérprete, por ello al ser abordada la nao capitana por el Rey de Mazaguá, se había acercado con diez de sus hombres para saber que querían los recién llegados, se le comunicó: «…eran vasallos del Rey de Castilla y que querían hacer paz con él y contratar las mercaderías que llevaba, y que si había mantenimientos le rogaba que se los diese y se los pagaría »

El rey le contestó: « que no los había para tanta gente, pero que partiría lo que tenías con ellos », y a las pocas horas, se acercaron unas canoas y con ellos a cuatro cerdos, tres cabras y algún arroz.

Como coincidía que ese día era Pascua de Resurrección, Magallanes ordenó levantar una pequeña capilla en tierra y colocar una cruz en un monte cercano, para advertir a todos que allí habían estado los españoles, pues era una señal inequívoca.

Después mando, que la gente bajara a tierra a oír misa y celebrar tan sagrado día, por lo que dejaron solo a bordo a una pequeña guarnición; al terminar el oficio religioso regresaron a las naos.

Pero al subir a colocar la cruz en aquel promontorio, los indios que les habían servido de guías, les indicaron que las tres islas que se veían desde allí arriba, en dirección OSO., estaban llenas de oro, solo que del tamaño entre una lenteja y un garbanzo.

Por el buen recibimiento que tuvo y ningún altercado, Magallanes ordenó se le entregaran al Rey algunos regalos, ocasión que aprovechó para pedirle le diera razón de donde se podía recoger más comida para sus famélicas tripulaciones.

El Rey le indicó que como a unas veinte leguas, se encontraba una gran isla y que su jefe era pariente suyo, que por su gran extensión seguro que le podría proporcionar cuanto quisiera; Magallanes le pidió entonces que le diera a algunas personas para que los guiaran, pero ante la estupefacción del capitán general, el mismo Rey se ofreció el conducirlos, a lo que Magallanes le correspondió con la entrega de más regalos.

Así el Rey acompañado al parecer de su guardia personal se quedó en la nao, enviando sus regalos a tierra y zarpando al momento, primero puso rumbo al N., que le llevó a la isla de Seilani, la cual fue costeada por el NO., hasta alcanzar los 10º de latitud N.; y al finalizar el doblar costeo se divisaron tres islotes, cambiando el rumbo al O., después de navegar unas diez leguas, se encontraron con otras dos islas pequeñas, aquí le sobrevino el ocaso dándose la orden de ponerse a la capa para pasar la noche.

Al amanecer del día siguiente se desplegaron las velas y con rumbo al SO., un cuarto al S., y después de navegar otras doce leguas, alcanzaron la latitud e 10º 20’, encontrándose ante un canal formado por dos islas el cual se embocó, siendo estas la de Mactán y la otra la de Subú ó Zebú, el canal corría al O., y sobre el centro de él se encontraba la villa de Zebú, que por su gran bahía se aprovechó para fondear.

La isla de Cebú y las de Mazaguá y Suluan, están en dirección entre E., un cuarto al SE., y O., un cuarto al NO., y entre Cebú y Seilani, se descubrió al N., una tierra muy alta, según los nativos le llamaban Baibay, a su vez les comunicaron que contenía mucho oro y mercancías, pero que era tan grande que ellos no le habían encontrado el final.

A parte de ir el Rey, éste había ordenado que una de sus canoas les acompañara en el viaje, porque en el trayecto se encontraban muchos bajíos y por eso durante toda la navegación, había ido de exploradora para que las naos no tuvieran problemas, ya que estas desconocidas aguas eran muy peligrosas.

Al llegar ante la población de Cebú, salieron como unos dos mil indios armados, pues nunca habían visto a semejantes buques, a los que desde la playa los miraban con asombro y miedo.

Pero para controlar la situación, fue llevado a tierra el Rey de Mazaguá quien informó al Rey de Cebú, que era su primo, que no habían llegado para hacerles ningún daño, pues la muestra estaba con él, que les había acompañado en el viaje desde su isla, queriendo solo ser abastecidos pues traían mucha hambre, rogándole que lo antes posible fueran abastecidos de los víveres necesarios, añadiendo que eran gente de paz y no de guerra.

Pero el receloso Rey de Cebú envió emisarios a Magallanes, porque le parecía bien lo que demandaba y que le serviría de todo cuanto necesitase, pero primero tendría que firmar la paz con él, pues al ser Reyes distintos las costumbres de aquellas islas eran esas y que la forma era, el hacerse una herida en el pecho cada uno, y uno bebía del pecho del otro y viceversa.

Magallanes le contestó que si eso era necesario, no había inconveniente en hacerlo, pareciéndole bien, por lo que se concertó esperar a la mañana siguiente para realizar el acto a bordo de la nao capitana, pero temprano apareció una canoa, de la cual saltó y abordó un emisario del Rey, comunicándole a Magallanes, que en atención a lo mucho y bueno que le había contado su primo, no pensaba que era necesaria la ceremonia, así que daba por sentada la paz entre ambos.

Al conocer la noticia Magallanes, ordenó el hacer una salva con toda la artillería de sus naos, cuyo estruendo atemorizó a los indios y estos no salieron corriendo porque sabían que se había firmado la paz.

Al poco fueron apareciendo canoas cargadas con toda clase de alimentos, los cuales se fueron trasbordando a las naos, entre lo principal se encontraban; cabras, gallinas, puercos, ñames, mijo, arroz, cocos y mucha fruta, a cambio de esto se les regalaron los típicos abalorios de la época, sobre todo con las consabidas cuencas de cristal, que les enloquecían por sus brillos.

En tan solo cuatro días con este cambio de dieta, todos los enfermos mejoraron mucho, incluso algunos menos graves, se recuperaron por completo; para dar gracias de ello, Magallanes dio la orden de levantar un ermita de piedra, al terminarse que fue muy pronto se quería dar gracias a Dios con la celebración de un Santa Misa.

Para ello se bajaron a tierra todos los soldados y marineros, pero para ver lo que allí ocurría se acerco el Rey y su esposa, con todos los principales de la isla; permanecieron callados y en silencio, pero sin perder detalle; lo que aprovechó el sacerdote don Pedro de Valderrama enalteciendo la Fé Católica, para por medio de la palabra ganarse el afecto de los que allí se encontraban.

Así convencidos del bien que les daría pertenecer a esta religión, pidieron ser bautizados lo que se cumplió en el acto, pasando en pocos días todos los habitantes de la población por el ministerio del bautismo; al ver esto Magallanes ordenó construir una gran cruz y ponerla delante de la ermita.

Los indios se quedaron atónitos con el acto religioso para celebrar sus alegría, al concluir el Rey y su esposa, invitaron a Magallanes y a los más altos cargos de la expedición a su palacio, éste era en realidad un gran choza, pero se les sirvió de comer espléndidamente, con un pan, (llamado allí sagú, que está hecho del corte de unos árboles y a piezas frito con aceite), diversas aves, frutas y un vino ó licor, que se extrae de efectuar unos cortes en la corteza de la palma, destilándolo después para quitar impurezas y que tiene un grato sabor.

Al finalizar esta fiesta y para celebrarlo Antonio Pigafetta, por abrazar los reyes de Zebú la Fé Católica, le entregó una talla del Niño Jesús a la reina, que era la esposa del cristianizado rey Carlos Hamabar, para que supliera a todos sus ídolos hasta entonces venerados como a dioses; el mismo Pigafetta nos dice: « Yo feci vedere alla Regina un immagine di Nostra Signora, statuetta di legno representante il Bambin Gesú ed una ocre... La Regina mi chiese il Bambino, por tenerlo en luogo de suci idoli... e a lei le diedi »

Magallanes, al ver el agrado con que le habían recibido en la isla de Cebú y que esta era rica en oro, jengibre y otras especies, podía con cierta facilidad conseguir esas especerías, para llevarlas a Castilla y así demostrar el valor de estas posesiones.

Por lo que ordenó levantar una casa para que fuera algo parecido a la de la Contratación, pasando así a centralizar todos los intercambios marcando un precio fijo para cada uno, como segunda faceta que sirviera de almacén de palos, vergas, velas, cabos y otros materiales necesario para poder reforzar las naves que llegaran, con todo ello se facilitaba tener a mano las mercancías y los repuestos de las naos facilitando su carga y alistamiento para su viaje de regreso a Castilla.

Al mismo tiempo los naturales le notificaron que en la isla de Burney ó Borneo, se disponía de gran cantidad de bastimentos, lo que decidió ir a ella y saber de verdad lo que había de cierto en ello; además que era probable saber más sobre lo que realmente buscaba, que era el Maluco o Molucas, por lo que las tripulaciones ya casi recuperadas en su totalidad se alegraron de poder con esto regresar a Castilla.

El problema surgió, al ser comunicado a Magallanes que en la isla de Cebú habían otros cuatro reyes, los cuales y por haberse convertido al catolicismo su amigo y proclamado vasallo del Rey de Castilla, había encargado una gran joya para el Rey castellano, que fue lo que hizo saltar la alarma.

En un principio Magallanes, envió embajadores a los demás reyes, para que mostraran cuanto había ganado el que se había hecho vasallo del Rey de Castilla, (pero a nuestro entender cometió un error), pues estos enviados demandaban que estos reyes, presentaran a su vez pleitesía al bautizado, sin respetar que para ellos todos tenían la misma categoría y no era de razón realizar tan acto.

Por lo que dos, seguramente más precavidos, sí se presentaron a esta nueva norma, pero los otros dos no lo hicieron; Magallanes pensó que si se le hacía algún daño obedecerían, para ello mando preparar a dos de las naos y partir en su busca, consiguiendo alcanzar uno de los poblados de los “insurrectos”, donde desembarcaron se cogieron todos los víveres que hallaron y le pegaron fuego a las chozas.

En su descargo, los reyes argumentaron, que si querían joyas y oro, no tenían inconveniente en dárselo al Rey de Castilla, pero que de ningún modo se lo daría al de Cebú, porque ellos eran tan buenos como él o más; pero Magallanes (a nuestro entender algo ciego de la realidad de la situación, llevado muy posiblemente por su orgullo de conquistador) insistió en que si no se le hacía al Rey Cristiano de Cebú, no se le podía hacer al Rey de Castilla.

Ya casi fuera de sí Magallanes por la indisciplina de estos reyezuelos, amenazó al Rey de la isla de Mactán, que si no se presentaba ante el de Cebú, le quemaría su poblado y palacio; pero éste Rey no se amilanó y le respondió, que cuando quisiera ir él le aguardaría.

Magallanes ya encolerizado ante tamaña desobediencia y con reto incluido, ordenó preparar tres de las canoas grandes, en las que iban sesenta hombres de armas, porque aún quedaban algunos que no podían acudir a este combate, por no estar recuperados totalmente quedándose de protección de las naos.

El Rey Carlos Hamabar, el cristiano de Cebú, le recomendó que no fuera porque había recibido mensajes de que tanto los dos reyes que habían ido, como al que se le había atacado y quemado su poblado, se habían reunido en la isla de Mactán, si se habían reunido los cuatro en total podrían juntar entorno a unos seis mil hombres, que eran demasiados para combatir contra sesenta por muy diestros que fueran.

Pero Magallanes desoyó el buen consejo del Rey arlos, estando ya para zarpar aún el capitán don Juan Serrano le dijo: «…que le parecía que no tratase de aquella jornada porque, demás de que de ella no se seguía provecho, las naves quedaban con tan mal recado que poca gente las tomaría, y que si todavía quería que se hiciese, no fuese, sino que enviase otro en su lugar »

Magallanes (para nosotros cegado) no admitió ningún consejo, por lo que el Rey de Cebú, se ofreció a llevar a mil de sus hombres en canoas para ayudarle, a esto no puso reparo, así los dos juntos salieron, llegando a la isla de Mactán dos horas antes del amanecer.

El primer problema se planteó que eran horas de bajamar, por lo que ni siquiera las canoas grandes pudieron acercarse a las playas lo suficiente, teniendo que desembarcar con el agua a la cintura, con el consiguiente peligro de mojar la pólvora, cuando aún estaba fuera del alcance de los arcos enemigos, pero tendrían que andar un largo trecho en que si se producía el ataca no sería posible efectuar la recarga de los arcabuces, pero nada de todo esto paró a Magallanes, pues su intención era llegar a la paya y continuar el avance para comenzar el ataque inmediatamente.

Pero el Rey de Cebú, le dijo que no lo hiciese hasta que no fuera de día, pues era conocedor de las tácticas de sus compañeros y era seguro que la playa estaría llena de hoyos, en lo que se tenía la costumbre de clavar estacas con puntas muy agudas, siendo después cubiertos con grandes hojas y encima arena, muy difíciles de detectar para los que no lo sabían y si se lanzaba sin poderse ver bien el terreno sufriría la pérdida de muchos de sus hombres, pero como Magallanes seguía en su firme propósito, le ofreció, que fueran sus indios por delante para avisar o ir despejando el paso puesto que eran conocedores de esta arma secreta, resultándoles más sencillo poder descubrir que puntos estaban libres de paso, evitando que los castellanos cayeran sin razón, por ser la mejor forma de poder sortear la situación, así se conseguiría una fácil victoria.

Magallanes se negó rotundamente, pues no iba a permitir que los que habían venido a salvar al Rey de Cebú, fueran quienes salvaran a los suyos exponiéndoles a un sacrificio, pero por además podría comprobar cómo combatían los castellanos, puesto que eran invencibles en los campos de sus reinos.

Pero entre tanto, el Rey de Cebú había conseguido que el tiempo pasara, por lo que ya estaba próximo el amanecer, así que Magallanes se esperó un tiempo para que su gente pudiera distinguir las trampas.

Dejó a cinco hombres custodiando los bateles, con los restantes cincuenta y cinco se lanzó sobre la población, la cual como era de esperar estaba vacía, así que como escarmiento le pego fuego a todo el poblado, pero estando en este trabajo se presentó un numeroso grupo de indios por un lado, a los que los castellanos les dieron la cara y pelearon con ellos, pero al poco tiempo, por el contrario apareció un nuevo contingente de indios, lo que obligó a los castellanos a dividirse para hacer cara a los dos frentes, pero el empuje a pesar de las muchas bajas sufridas por los indios era tan fuerte que les obligaron a juntarse casi dándose tocándose las espaldas.

Así transcurrió gran parte del día, hasta que llegó el fatídico momento en que la pólvora de los arcabuceros comenzó a escasear y las saetas de los ballesteros igualmente, al ver los indios que ya no les hacían fuego, se fueron acercando y lanzándoles gran cantidad de lanzas y flechas, se encontraron en un muy grave aprieto, lo que convenció a Magallanes que era hora de retirarse.

Mientras tanto el Rey de Cebú, se mantuvo a la expectativa de lo que iba ocurriendo, permaneciendo siempre oculto y en silencio.

Los bateles se encontraban a una gran distancia en campo descubierto y sin protección posible, los castellanos se fueron retirando sin dar la espalda evitando que les dieran con algún objeto, pero era tan grande la cantidad de todo tipo de proyectiles que les lanzaban, puesto que igual eran piedras, flechas ó lanzas; cuando una de las piedras golpeó en la celada de Magallanes que por su efecto se la arrancó de la cabeza, al mismo tiempo, recibía una flecha en una pierna, como la lluvia de objetos era interminable, otra pedrada le dio en la cabeza al no llevar ya protección del impacto se fue al suelo, pero no pudiendo ser recogido por sus hombres, al ir avanzando los indios llegaron a donde estaba semiinconsciente, y allí mismo lo atravesaron con una lanza.

Como consecuencia de esta lanzada falleció casi instantáneamente, pero no se podía hacer nada por recuperarlo, pues lo indios al ver vengada su afrenta y los cinco que habían quedado de guardia de los bateles comenzaron a abrir fuego, protegidos por este fuego se fueron agrupando los españoles embarcando; momento en el que el Rey de Cebú lanzó a sus indios para terminar de frenar a los enemigos, lo que consiguió plenamente.

Fueron los muertos en este combate; el capitán general don Fernando de Magallanes; el capitán de la nao Victoria, don Cristóbal Rabelo; marinero, don Francisco Espinosa; grumete, don Antón Gallego; sobresaliente, hombre de armas, don Juan de Torres; criado de Juan de Cartagena, don Rodrigo Nieto; criado del alguacil Gonzalo Espinosa, don Pedro Gómez y el sobresaliente, que salió herido, don Antón de Escovar, que falleció el día 29 de abril.

Pero no deja de ser curioso que en este lance, solo perdieran la vida seis hombres, a pesar de los miles de enemigos lanzando a su vez otros tantos miles de proyectiles y lo largo en el tiempo del combate, lo cual dice mucho de las protecciones de los soldados en esa época.

Así cayó muerto un gran marino y descubridor, quizás llevado de su orgullo no atendió a casi nadie durante todo el viaje, lo que no le benefició nunca y por no hacer caso a personas, que si no eran más sabías, si que eran más conocedoras de las formas de actuar de sus enemigos, con lo cuales llevaban años peleando o quizás siglos, pero se cegó por ese mal entendido orgullo, tanto de quien era, como del valor e importancia de las tropas, que aunque no desmerecieron en ningún momento, no eran comparables en número y a pesar de ser las armas enemigas muy poco efectivas, a él le mataron.

Falleciendo en combate en la isla de Mactán, el día 27 de abril del año de 1521.

(1) La nao San Antonio, regresó al tercer día de su separación de la escuadra y no halló a ninguno de ellos, por lo que se dedicaron a buscarlos, pero sin resultados, a pesar de haber realizado salvas de artillería y de haber encendido hogueras para llamar su atención, esto provocó, que el piloto Esteban Gómez y el escribano Jerónimo Guerra, llegaran al acuerdo de hacerse con la nao y regresar a España, cuestión que plantearon al capitán Mezquita, quien se opuso a tal regreso, y para confirmar esto, sacó su espada y propino una estocada en la pierna a Esteban Gómez, quien le devolvió el golpe hiriéndolo en la mano izquierda, al ver esto la dotación se abalanzó sobre el capitán, pues ya venían todos cansados del trato de Magallanes a los españoles, por las injusticias que a su parecer se habían cometido y porque Mezquita, había formado parte del consejo de guerra, que mando acabar con la vida de los amotinados en el puerto de San Julián. Se reunió la dotación y nombraron como nuevo capitán a Jerónimo Guerra; quién ordenó virar y poner rumbo a la salida consiguiendo llegar a Guinea, para desde allí costeando regresar a España, arribando al puerto de las Muelas, de la ciudad de Sevilla, el día 6 de mayo del año de 1521, contándose el fallecimiento, del patagón que transportaban, el cual falleció justo al pasar el equinoccial. Todo esto se supo lógicamente, al regreso de la expedición a España y completar la primera vuelta al planeta.

(2) El historiador portugués Juan Barros, en este punto de su relato del viaje de descubrimiento del estrecho en su obra, en la edición del año de 1777: « Historia: década III, libro 5º, capítulo 9º, páginas 639 a 646 » nos hace una reflexión de las dudas de Magallanes, que por interés para su biografía pasamos a transcribir.

« Cuando Magallanes se vió sin aquella nao donde iba Álvaro de la Mezquita y algunos portugueses, y no quedaba con más favor que el de Duarte Barbosa y algunos pocos de los que esperaba ayuda, porque toda la otra gente castellana estaba escandalizada de él, además del aborrecimiento que tenía a aquella jornada por los grandes trabajos que habían pasado, quedó tan confuso que no sabía lo que había de determinar; y para justificarse con estos de lo que recelaba, pasó dos órdenes suyas, ambas de un tenor para las dos naos, sin querer que las personas principales viniesen a él, ya como hombre que no quería ver en su nao mucha reunión, temiendo alguna indignación de ellos si no respondiese a su gusto.

Y porque una de estas órdenes se tuvo en la nao del capitán Duarte Barbosa, donde estaba el astrólogo Andrés de San Martín, el cual le registró en un libro, y al pie puso su respuesta para dar razón de sí en todo tiempo; y este libro, con algunos papeles suyos, por haber él fallecido en aquellas partes de maluco, nosotros los hubimos y tenemos en nuestro poder, como adelante diremos, no parece fuera de la historia poner aquí el traslado de esta orden y la respuesta de Andrés de San Martín, para que se vea, no por nosotros, sino por sus propias palabras, el estado en que ellos iban, y el propósito de Fernando de Magallanes en el camino que esperaba emprender por vía de nuestro descubrimiento, cuando le faltase el que deseaba hallar.

En nuestro lenguaje, éstas son sus palabras formales y frases de la escritura sin mudar letra, según estaba registrado por Andrés de San Martín, como dijimos:

Yo Fernando de Magallanes, caballero de la Orden de Santiago, y capitán general de esta armada de S. M. envía al descubrimiento de la especiería. etc. Hago saber a vos Duarte Barbosa, capitán de la nao Victoria, y a los pilotos, maestres y contramaestres de ella, como yo tengo entendido que a todos os parece cosa grave estar yo determinado de ir adelante, por pareceros que el tiempo es poco para hacer este viaje en que vamos. Y por cuanto yo soy hombre que nunca deseché el parecer y consejo de ninguno, antes todas mis cosas son practicadas y comunicadas generalmente con todos, sin que persona alguna sea afrentada de mí, y por causa de lo que aconteció en el puerto de San Julián sobre la muerte de Luis de Mendoza, Gaspar de Quesada y destierro de Juan de Cartagena y Pero Sánchez de Reina, clérigo, vosotros con temor dejáis de decirme y aconsejar todo aquello que os parece que es servicio de S. M., bien y seguridad de dicha armada, y no me lo tenéis dicho y aconsejado; erráis al servicio del Emperador Rey nuestro señor, e is contra el juramento y pleito homenaje que me tenéis hecho: por lo cual os mando de parte de dicho señor, y de la mía ruego y encomiendo, que todo aquello que sentís que conviene a nuestra jornada, así de ir adelante como de volvernos, me deis vuestros pareceres por escrito, cada uno de por sí, declarando las cosas y razones por que debemos de ir adelante, o volvernos, no teniendo respeto a cosa alguna por que dejéis de decir la verdad; con las cuales razones y pareceres diré el mío, y determinación para tomar conclusión en lo que hemos de hacer. Hecho en el canal de Todos los Santos enfrente del río del Isleo, en cuarta feria, veinte y uno de noviembre en cincuenta y tres grados, de mil quinientos y veinte años. Por mandado del capitán general Fernando de Magallanes. == León de Espelece.

Fue notificado por Martín Méndez, escribano de dicha nao en quinta feria veinte y dos días de noviembre de mil quinientos y veinte años.

A cuya dicha orden yo, Andrés de San Martín, di y respondí mi parecer, que era del tenor siguiente:

Muy magnifico señor: Vista la orden de vuestra merced, que quinta feria veinte y dos de noviembre de mil quinientos y veinte me fue notificada por Martín Méndez, escribano de esta nao de S. M. llamada Victoria, por la cual en efecto manda que dé mi parecer acerca de lo que siento que conviene a esta presente jornada, así de ir adelante, como volver, con las razones que para cada uno y para lo otro nos movieren, como más largo en dicha orden se contiene, digo: que aunque yo dude que por este canal de Todos los Santos, donde ahora estamos, ni por los otros que de los dos estrechos que adentro están, que va en la vuelta del Este, y Esnordeste haya camino para poder navegar a Maluco, esto no hace ni deshace al caso, para que no se haya de saber todo lo que se pudiere alcanzar, sirviéndonos los tiempos, en cuanto estamos en el corazón del verano.

Y parece que vuesa merced debe ir adelante por él ahora, en cuanto tenemos la flor del verano en la mano; y con lo que se halle o descubra hasta mediados del mes de enero primero que vendrá de mil quinientos y veinte años (aquí debe de haber un error, pues la orden se da en noviembre del 20, por lo tanto el enero mencionado debe de corresponder a 1521), vuesa merced haga fundamento de volver en vuelta de España, porque de ahí en adelante los días menguan ya de golpe, y por razón de los temporales han de ser más pesados que los de ahora.

Y cuando ahora que tenemos los días de diez y siete horas, y más lo que hay de alborada, y después del sol puesto, tuvimos los tiempos tan tempestuosos y tan mudables, mucho más se espera que sean cuando los días fueren descendiendo de quince para doce horas, y muchos más en el invierno, como ya en el pasado tenemos visto.

Y que vuesa merced sea desembocado de los estrechos afuera para todo el mes de enero, y si pudiere en este tiempo, tomada el agua y leña que basta, ir de punto en punto en blanco en vuelta de la bahía de Cádiz, o puerto de Sanlúcar de Barrameda donde partimos: Y hacer fundamento de ir más en la altura del polo austral de la que ahora estamos o tenemos, como vuesa merced lo dio en instrucciones a los capitanes en el río de la Cruz, (Sevilla) no me parece que lo podrá hacer por la terribilidad y tempestuosidad de los tiempos, porque cuando en esta que ahora estamos se camina con tanto trabajo y riesgo, que será siendo en sesenta y setenta y cinco grados, y más adelante, como vuesa merced dice, que había de ir a demandar Maluco en la vuelta del Este, Esnordeste, doblando el cabo de Buena Esperanza, o lejos de él, por esta vez no me parece, así porque cuando allá fuéremos sería ya invierno, como vuesa merced sabe mejor, como porque la gente está flaca y desfallecida de sus fuerzas; y aunque al presente tienen mantenimientos que basten para sustentarse, no son tantos y tales que sean para cobrar nuevas fuerzas, ni para comportar demasiado trabajo, sin que lo sientan mucho en el ser de sus personas; y también veo de los que caen enfermos que tarde convalecen.

Y aunque vuesa merced tenga buenas naos y bien aparejadas (alabado sea Dios), todavía faltan amarras, y especialmente a esta nao Victoria, y además de eso la gente es flaca y desfallecida, y los mantenimientos no bastantes para ir por la sobredicha vía a Maluco, y de allí volver a España. También me parece que vuesa merced no debe caminar por estas costas de noche, así por la seguridad de las naos, como porque la gente tenga lugar de reposar algún poco; pues teniendo de luz clara diez y nueve horas, que mande surgir por cuatro o cinco horas que puedan de noche; porque parece cosa concorde a razón surgir por cuatro o cinco horas que quedan de noche, por dar (como digo) reposo a la gente, y no tempestear con las naos y aparejos.

Y lo más principal, por guardarnos de algún revés, que la fortuna contraria podrá traer, de que Dios nos libre. Porque cuando en las cosas vistas y ojeadas suelen acaecer, no es mucho temerlos en lo que aún no es bien visto, ni sabido, ni bien ojeado, sino que haga surgir antes de una hora de sol que dos leguas de camino adelante, y sobre noche. Yo tengo dicho lo que siento, y lo que alcanzo por cumplir con Dios y con vuesa merced, y con lo que me parece servicio de S. M. y bien de la armada; vuesa merced haga lo que le parezca, y Dios le encamine; al cual plazca de prosperarle vida y estado, como él desea.

Continúa el mismo autor, dando una explicación sobre la actitud de Magallanes:

Fernando de Magallanes, recibido este y los otros pareceres, como su intención no era volver atrás por cosa alguna, y solo quiso hacer este cumplimiento por sentir que la gente no andaba contenta de él, sino asombrada del castigo que había dado, para dar razón de sí hizo una cumplida respuesta en que dio largas razones, todo ordenado a ir adelante.

Y que juraba por el hábito de Santiago que tenía en el pecho, que así se lo parecía por lo que cumplía al bien de aquella armada; por tanto, todos lo siguiesen, que él esperaba en la piedad de Dios que los había traído hasta aquel lugar, y le tenía descubierto aquel canal tan deseado, que los llevaría al termino de su esperanza.

Notificado por las naos este parecer y orden suya, al otro día con grande fiesta de tiros mandó levar anclas » Hasta aquí lo escrito por un compatriota, que no deja muchas dudas de la entereza, valor, conocimientos y saber manejar a la gente, de la que hizo gala en esta ocasión.

(3) La línea meridiana a que se refiere el Diario de Albo la longitud de 189º, indicaba la que determinó el Papa Alejandro VI, aunque no era la misma y la había señalado Su Santidad para evitar disensiones entre los Reyes de España y de Portugal por descubrimientos que hacían de tierras incógnitas.

La línea meridiana determinada por el Papa, en la Bula de 4 de mayo de 1493, pasaba a 100 leguas al Oeste de cualquiera de las islas de las Azores o Terceras y de Cabo Verde; corría de polo a polo, y los descubrimientos que se hiciesen desde ella para Occidente eran de propiedad del Rey de Castilla.

En la Bula del mismo Papa dada el 25 de septiembre de 1493, expresó Su Santidad que pudiendo acaecer el que navegando los vasallos del Rey de España hacía el Oeste tocasen en las partes Orientales, ampliaba el que fuesen del Rey de Castilla todas las islas y tierras firmes que navegando hacía el Occidente hallasen los castellanos descubiertas o por descubrir en las partes orientales de la India.

Ocurriendo algunas diferencias sobre esta partición entre dichos Reyes de Castilla y Portugal, acordaron éstos en 20 de junio de 1494 que en el océano se señalase una línea que corriese de polo a polo y pasase a 370 leguas al Oeste de la isla de Cabo Verde; que todo lo que estuviese al Occidente de esa línea perteneciese a los Reyes de Castilla y todo lo que se hallase al Oriente fuese del Rey de Portugal.

Cada legua de las que entonces usaban los españoles y portugueses tenía 3, 3/7 millas, ó eran leguas de 17 un tercio al grado de círculo máximo de la tierra; en el paralelo del puerto de Praya, de la isla de Santiago de las de Cabo Verde, las 370 leguas son 21º 53’ de diferencia de longitud; la longitud de ese puerto es de 17º 15’ occidental de Cádiz, y suponiendo que desde él se contasen las 370 leguas al Oeste, resulta que la línea meridiana pasaba por los 39º 08’ de longitud Oeste de Cádiz y por los 140º 52’ de longitud Este; los pobres medios entonces conocidos ocurrieron para señalar la línea como hubiera sido de desear, eran impracticables en la superficie del planeta.

Eran también muy erróneas las situaciones en longitud de las costas y lugares de la tierra, porque resultaban de cómputos muy poco fiables; con ellos se demostró en 1524 que la meridiana de demarcación en el Oriente pasaba por la boca del río Ganges, cuya determinación, según carta construida en 1812 por el jefe de escuadra de la Real Armada, don José de Espinosa, erraba en 46'5º, que aquella meridiana estaba más al Este.

Magallanes, en 1519, expuso que desde Malaca para el Este hasta la misma línea de demarcación, habían 17'5º y según dicha carta son 32º 22’; dijo que dos de las islas Molucas estaban en 4º al Oriente de la expresada línea, y aunque no expresa los nombres de las islas, la de Terrenate está en la carta citada a 7º 22’ al occidente de la meridiana.

El Diario de Albo en 1521 expresa, que desde el estrecho de Todos los Santos y cabo Fermoso hasta las primeras islas del archipiélago de San Lázaro habrían 106º y 30’ de longitud, y según la carta dicha son 159º 25’, de modo que su error en esta parte del viaje fue de 52º 55’. Tales eran las situaciones con que se puede atribuir a compensación de errores el acierto con que sólo la diferencia de 8’ tiene la longitud de 189º de la línea meridiana que el Diario de Albo señala a las primeras islas del archipiélago de San Lázaro, suponiéndolos tomados desde aquella línea para el Oeste.

También conviene aclarar que toda esta expedición transcurrió con el calendario Juliano. Los dos diarios de ella, tanto el de don Francisco Albo como el de don Antonio Pigafetta suelen diferir en un día, se puede pensar que es un error de cada cronista, pero al ser tan constante nos lleva a pensar cuál puede ser la diferencia, no siendo otra que Albo era Piloto y a costumbre de la época en los cuadernos de bitácora el día comenzaba al medio día, mientras que Pigafetta carecía de esta práctica y daría por buena la fecha natural del cambio del día por la noche, razón por la que los marinos piensan que es más exacto el de Albo que el de Pigaffeta, a lo que hay que añadir, que a partir del cruce del actual meridiano 180º, más o menos cerca de la isla de Guam, para estar en la verdadera fecha hay que sumarle un día, lo que ninguno había caído en la cuenta, más bien porque no se había fijado el cambio horario en aquel momento y solo supieron de su error al poco de desembarcar habiendo dado la primera vuelta al mundo.

Bibliografía:

Agnese, Battista y Clovio, Giulio.: Atlas de Carlos V. Original impreso en 1548 custodiado en The Jonh Carter Brown Library. Providence. U. S. A. Robado por los napoleónicos de la Biblioteca del Escorial. Ediciones Patrimonio. Facsímil.

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Fernández Álvarez, Manuel.: Corpus Documental de Carlos V. Espasa. Madrid, 2003.

Fernández de Navarrete, Martín. Biblioteca Marítima Española. Obra póstuma. Madrid. Imprenta de la Viuda de Calero. 1851.

Fernández de Navarrete, Martín. Colección de Viajes y Descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Ediciones Atlas. Madrid, 1955. Los tres tomos.

Fernández de Navarrete, Martín. Marinos y Descubridores. Ediciones Atlas. Madrid, 1944.

Pigafetta, Antonio: Primer viaje entorno al globo. Traducción del original de Pigaffeta. Editorial Francisco Aguirre. Buenos Aires, 1970.

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