Bustamante y Quevedo, Joaquin Biografia

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Biografía de don Joaquín Bustamante y Quevedo


Joaquín Bustamante y Quevedo. Cortesía del Museo Naval de Madrid.
Capitán de navío de la Real Armada Española.

Vino al mundo en la ciudad de Santa Cruz de Iguña, provincia de Santander, el día veinte de mayo del año de 1847, siendo su padre, don Luis Bustamante y Basoco. Proveniente de la familia de don José Bustamante y Guerra el que sufrió el ataque de las fragatas británicas el día cinco de octubre del año de 1804, sin declaración previa de guerra perdiendo a la mayor parte de su familia en la explosión de la fragata Mercedes. Y de su esposa, doña Juliana Quevedo de la Maza.

Ciudad que ya había dado varios y muy buenos marinos a España.

Pidió y se le concedió plaza por nombramiento Real en el Colegio Naval Militar sito en la población de San Carlos, sentando plaza de aspirante el día once de julio del año de 1859, contando tan solo con doce años de edad, de ahí el favor Real. Expediente. N.º 4.474.

Realizó los estudios teóricos con mucho provecho, siendo ascendido a guardiamarina el día trece de diciembre del año de 1861, pasando a embarcar para realizar las prácticas náuticas, primero en la fragata Esperanza y transcurrido un tiempo trasbordo a la Triunfo, con la cual zarpó en conserva con la Resolución rumbo al mar del Sur.

Encontrándose en la posterior campaña del Pacifico, en la que España se tuvo que enfrentar a las fuerzas navales de las repúblicas de Chile, Perú y Bolivia. Participó con su buque en la ocupación de las islas Chinchas, que fue la respuesta española a las trabas diplomáticas que los tres países ponían a las buenas relaciones con España.

Lo que ya desencadenó la guerra abierta. Pasó a cruzar sobre las aguas entre Punta Arenas y San Francisco de California, embarcado como oficial en el vapor Marqués de la Victoria.

Al regreso de uno de los cruceros se le destino a la goleta Covadonga, en la que estaba al mando el teniente de navío don Luis Fery y Torres-Vildosola, los alféreces de navío don Juan Jácome y Pareja, don Joaquín Cincúnegui y Marco y don Félix Gurrea y Gurrea; el primer ayudante de sanidad don José López Bernal; el guardiamarina de 1ª habilitado de oficial don Víctor Concas y Palau y el guardiamarina de 1ª don Joaquín Bustamante y Quevedo.

La goleta Covadonga pertenecía a una serie de ocho buques, siendo ella construida en el arsenal de la Carraca, con una eslora de 45’60 metros; manga de 6’40 y un puntal de 3’40, con dos cañones bomberos de 68 libras, montados en colisa uno a proa y otro a popa del palo mayor, con un sector de fuego de 45º a cada banda; un desplazamiento de 445 toneladas y una máquina de 130 caballos nominales y 390 indicados, que en proyecto debería de haber dado sobre los 11 nudos, pero en la realidad solo pasaban de 6 si la mar no estaba muy movida y a tiro forzado, siendo su dotación de un centenar de hombres.

La corbeta chilena Esmeralda, estaba construida en el Reino Unido, tenía un desplazamiento de 850 toneladas y una máquina de doscientos caballos nominales, que le daban los nueve nudos, construida con altas bordas lo que le permitía llevar 18 cañones de a 32 cortos y 2 Withworth de retrocarga, siendo comparativamente un poderoso enemigo para la goleta española.

Por orden del almirante Pareja estaba bloqueando sola el puerto de Coquimbo y el de la Herradura, a donde arribó el día cuatro de noviembre. El día veintiséis sobre las nueve de la mañana se vio la humareda de un buque, que en principio se pensó que era un mercante por su alto bordo, pero estaba claro que iba de vuelta encontrada, cuando pudieron distinguir el aparejo supieron que era la corbeta chilena, Fery mandó abrir las válvulas para dar más presión, pero al hacerlo se perdía más agua con lo que se producía menos vapor bajando la velocidad, se intento arreglar el problema y se solucionó sólo al volver a cerrarlas.

A una cuatro millas la corbeta chilena izó la bandera británica, lo que hizo dudar a la dotación de la goleta, pero Fery de nuevo dio orden de armarse y cargar las bombardas, al llegar la corbeta por su aleta de babor descargó su primera andanada, la goleta recibió varios impactos e invirtió la banda para salirse del campo de fuego enemigo, pero al tener casi el doble de velocidad la corbeta chilena, cayó sobre la banda contraria y volvió a descargar otra andanada, entonces ya muy dañada la goleta fue cuando cambió la bandera británica por la chilena; ‹ claro acto de piratería ›

La goleta volvió a cambiar de banda y al atravesar la corbeta su campo de tiro le disparó haciendo blanco en el costado el proyectil, recibiendo a cambio otra andanada, se mantuvo sobre el timón dando un giró completo, pero otra vez la mayor velocidad de la corbeta, le volvió a dar alcance a pesar de que el giro interno era de la goleta, pero de nuevo al darle alcance pasó por el sector de fuego de la goleta, momento que se aprovechó para abrir fuego y el disparo le arrancó el bauprés a la corbeta, pero ya nada o casi nada se podía hacer a bordo de la goleta, pues estaba medio hecha astillas, a pesar de ello se le volvió a disparar a la corbeta sin hacer blanco, mientra que recibía la cuarta andanada.

No habiendo ya más solución que rendirse, Fery dio orden de abrir las válvulas de inundación de la sala de máquinas a donde acudió Gurrea pasando la orden, uniéndose a Cincúnegui para llegar a la cámara del comandante y arrojar al agua todos lo libros de a bordo para no dejar ni rastro de ellos, pero el jefe de máquinas a costumbre de la época era de origen británico llamado Harris y no se aplicó como debía a la orden recibida, teniendo un grave altercado con el segundo maquinista Domenech, que por no imponerse ante la desobediencia de su superior salió de la sala de máquinas y comentó lo que pasaba a don Víctor Concas, que por estar herido desde la primera andanada recibida no podía moverse, pero hizo llamar a sus compañeros para que pusieran en orden al británico jefe.

Bajaron inmediatamente por haber terminado su trabajo, Gurrea y Cincúnegui, pero ya era tarde pues ya se estaban acercando en un bote los chilenos, que venían en primer término los maquinistas temiéndose como era de esperar que las válvulas estuvieran abiertas, las del condensador sí se habían abierto y los grifos de proa y popa, pero los grifos principales no lo estaban, a pesar de ello, les costó otras cuarenta y ocho horas conseguir parar las vías de agua a los chilenos.

Así fue hecho prisionero junto a todos sus compañeros. Para mejor pasar el tiempo don Víctor Concas, Emilio Luanco y Bustamante deciden realizar por su cuenta unos estudios sobre matemáticas y tratados de mecanismo racional, lo que significó a larga la buena base de los grandes conocimientos que alcanzaron los tres. Dejándolos en libertad al terminar la guerra y firmar la Paz, siendo puestos en libertad al firmarse la Paz y ser canjeados, el día veinticinco de mayo del año de 1867.

Embarcó en el brick-barca mercante francés llamado Casimir Lequellec, con el que navegó hasta el puerto de Havre donde arribaron el día veinte de agosto siguiente, el día veintidós embarcaron de transporte en la goleta Caridad, arribando a Ferrol el día veintiséis y casi sin descanso fue destinado a la bahía de Cádiz, al llegar a éste Departamento se le ordenó embarcar en la fragata Villa de Madrid con la que estuvo realizando diferentes cruceros de instrucción y comisiones especiales, siendo ascendido al primer grado de oficial el día siete de octubre del año de 1867, como alférez de navío, teniendo el detalle el Gobierno de dárselo con la antigüedad del día veinte de diciembre del año de 1866 y le concedió la Medalla de Sufrimientos por la Patria. Con este grado permaneció embarcado siempre en las costas españolas.

(Fíjese el lector, que siendo herido y prisionero en un acto de guerra, no se le entrega una Cruz al Mérito Naval con distintivo rojo, sino la Medalla citada que es civil, como si la guerra no hubiera existido. Cosas de la política.)

La pérdida por apresamiento de la goleta Covadonga, llevó al suicidio al jefe de la escuadra del Pacífico, almirante don José Manuel Pareja.

En el transcurso de la Revolución del año de 1869 no tomó partido y se limitó a cumplir las órdenes que recibía, por lo que estuvo embarcado en diferentes buques, siendo la primeras las goletas Caridad, Prosperidad y Buenaventura, pasando posteriormente a la corbeta Consuelo y por último en esta etapa tan indecisa de España a la ya renombrada por la Revolución como fragata Asturias, que no era otra que la anterior Princesa de Asturias.

Por Real Orden de fecha del día veintiocho de febrero del año de 1871 se le ascendió al grado de teniente de navío y con la misma se le nombró segundo de la corbeta Ferrolana con base en Ferrol.

El día once de marzo del año de 1872 se le destinó a las islas Filipinas, en ellas hizo un extraordinario trabajo. Estando al mando de la comisión hidrográfica don Pascual Cervera, le entrega el mando de la corbeta Wad-Ras, con la que zarpó con rumbo a las islas de Mindanao y Davao, consiguiendo reconocer bojeando las dos islas y esto le permitió fijar todos sus puntos importantes para la navegación, levantando una magnificas cartas náuticas, al terminar este trabajo realizó lo mismo con las islas Sarangani, dejando un claro exponente de su valía y demostrando su excelente formación.

Se le entregó el mando del cañonero Mindoro, con el que participó en el bloqueo de los archipiélagos de Joló y Tawi-Tawi, estando incorporado a las fuerzas navales del mando del capitán de fragata don Pascual Cervera.

Así mismo estuvo en los desembarcos que el ejército realizó en Zamboanga y Panticolo, participando el día veintidós de febrero del año de 1876 en el bombardeo de Joló, donde se dejó a parte de los efectivos y se retornó a Manila, para al mes siguiente zarpar de nuevo con rumbo a Parang y Maybung, realizando el bombardeo de esos pueblos y tomando estas costas el día veintinueve.

Por estos actos de valor demostrado, ya que las condiciones eran muy malas por esta razón estaban deshabitadas por españoles y con ningún punto de apoyo, se le gratificó (esta vez sí) con la Cruz al Mérito Naval con distintivo rojo y la medalla relativa a la Campaña de Joló. Pero realmente era tan duro vivir en aquellas condiciones meteorológicas y la cantidad de infecciones, que enfermó de disentería lo que le obligó por orden de los cirujanos a ser embarcado de vuelta a la Península y no regresó al servicio hasta el mes de noviembre del año de 1877. (Todo porque al parecer no existía ningún tipo de medicamento para tratarlas, como consecuencia Cervera amenazó con vender si hacía falta hasta las anclas de los buques para comprar quinina, esto alarmó a Malcampo y le fue enviada, pero tan poca cantidad que no se solucionó el problema)

Al reincorporarse, se le destino a la Comandancia de Marina de Santander, con el cargo de segundo comandante, donde permaneció hasta el año de 1880 en que pasó al Arsenal de Cartagena a realizar los cursos de la nueva arma, el torpedo, siendo tan buenas sus notas en él, que al terminar se le nombró profesor de la misma escuela de torpedos.

Encontró un hueco en sus múltiples obligaciones y el día veintidós de agosto del mismo año contrajo matrimonio con doña María de la Rocha y Pérez.

Era tal la capacidad demostrada, que se le ascendió por Real Orden del mes de octubre del año de 1881 al grado de teniente de navío de 1ª.

Estando en la escuela, escribió multitud de libros sobre ‹ la electricidad ›, teniendo una obra el mismo título que se dio como oficial para el estudio de los aspirantes a la Real Armada. Llegó incluso a poner un servicio telefónico en el mismo Arsenal para pasar las órdenes con mayor fluidez.

Como buen marino también sabía utilizar la pluma, así en el año de 1883 publica su primer artículo en la Revista General de Marina. Y le siguen las obras:

« Aparato eléctrico automático de los señores La Orden y Bonnet para el alumbrado de balizas » y presenta un « Informe por orden del contralmirante Manjón sobre el alumbrado del arsenal de Cartagena, 1883 » le siguen « Torpedos eléctricos » 1883 y « Curso de electricidad teórico y práctico » en 1884, siendo declarado libro de texto de la Escuela de Torpedos en diciembre del año de 1884. Un tiempo después lo aprobó la Armada de Chile y siguió los pasos de la Española.

La Armada necesitaba esa nueva arma y para ello llamó al ingeniero austriaco Petrouski, quien dio una conferencia de las bases de funcionamiento de su torpedo. Bustamante que acudió a ella y aplicó sus explicaciones, con algunas mejoras en poco tiempo ofreció su aportación a la ciencia y a sus jefes de la Armada, los cuales mandaron realizar pruebas con ellos, dándose el caso que superaban a los ofrecidos por Petrouski, por lo que el Gobierno decidió construir los del inventor español y desechar los del austriaco. Llegando incluso a colocarlos en tubos fijos como defensa de bases navales y zonas apropiadas para cerrar accesos harto difíciles con otro tipo de arma.

Por todo este trabajo que ahorró mucho dinero a la Hacienda y en parte nos independizaba, le fueron concedidas por el Gobierno tres Cruces del Mérito Naval y el Rey en cuatro ocasiones le envío la Felicitación Real, a parte de recibir el beneplácito de los ingenieros y electricistas conocedores de lo complicado de estos mecanismos. No en balde el inventor austriaco vendía sus planos por doscientas mil pesetas, en cambo a Bustamante solo les dieron las tres medallas y muchas gracias varias veces, significando un ahorro indudablemente.

En el año de 1884, se une con su amigo y compañero Balseyro, realizando el estudio sobre los sistemas de puntería de los torpedos, siendo considerado tan notable por sus superiores que el Ministro por Real Orden del día cinco de julio del mismo año, lo convierte en el Reglamento Oficial de utilización de esta arma en la Real Armada. Al año siguiente de 1885, ve la luz su obra « Torpedo Mecánico » donde da todo tipo de detalles sobre su mina y éste mismo año, su gran obsesión ve la luz en un artículo publicado en la Revista General de Marina, con el título « Sobre la preservación de las calderas »

A causa del problema sobre las islas Carolinas, se pusieron en marcha varias comisiones para comprar buque que ya estuvieran en construcción, siendo enviadas al Reino Unido, Francia e Italia. A Bustamante se le asigno el Reino Unido, donde la casa Armstrong estaba terminando dos cruceros protegidos para Japón, pero muy sabiamente negaron su venta a España, por lo que regresó e intentó hacer comprender al Ministro que ésta no era forma más adecuada de actuar, ya que una Armada no se puede crear de la noche a la mañana, porque intervienen muchos factores que a corto plazo no es posibles de que acaben bien y de proseguir con estas formas llevaría a la ruina a España. (Solo se adelantó unos pocos años (aunque suficientes) a la realidad que vendría y le constaría la vida)

De hecho comenzó a estudiar la forma de subsanar esta forma equivocada de actuar de los políticos, de ello escribió « Ideas sobre la Marina y en sus Apuntes sobre el material de Marina » pero no se le permitió publicarla hasta pasados varios años. Al mismo tiempo de su peculio publicó varios folletos, para el manejo de los torpedos, alguno de ellos pasó a serlo por su interés por el mismo Gobierno en el año de 1886.

Como debía cumplir su tiempo reglamentario al mando de buques, en el mes de julio del año de 1887 se le otorga el mando del cañonero Pilar, por lo que tuvo que dejar la Escuela de Torpedos, en la que había permanecido siete años como profesor. Estando en la mar con su buque en el mes de mayo del año de 1888, realizó una comisión de pesca en el golfo de Rosas, que volvió a ganarse las felicitaciones del Gobierno y sus jefes. Continúa publicando folletos informativos sobre el tratamiento de los torpedos, tanto de los Whitehead como de los Bustamante, pasando todos a ser publicados por Real Orden dado su interés para las prácticas con esta arma.

Hace una crítica severa sobre el acorazado Pelayo, sobre todo por considerar su poca autonomía, así como llevar dos calibres distintos, lo que obligaba a disponer de más pañoles y con proyectiles distintos, así como los saquetes de pólvora y en un combate podían existir equivocaciones de servir la que no les correspondía, así como su alta obra muerta, que si bien facilitaba la navegación de altura, también facilitaba al enemigo al tener más espacio donde acertar, aumentando innecesariamente la protección y por tanto el desplazamiento. (Vamos que no era su forma de ver a un acorazado y quizás por lo escrito, debió de adelantarse unos años al Lord Fisher y su acorazado monocalibre el Dreadnought)

Sobre la artillería de los modelos Hontoria, recalca en varias ocasiones que se debe de practicar más, ya que las piezas son buenas pero los sistemas de puntería necesitan práctica y solucionar de una vez el contante fallo de los muelles de los cierres, que ya habían ocasionado en varias ocasiones problemas graves e incluso causando heridos entre los artilleros. Y a su vez defiende el uso de calderas de agua en contraposición a las cilíndricas, dando su visto bueno sobre todo a las construidas por la empresa Belleville.

En definitiva, era un defensor del acorazado y no de los cruceros, tanto los llamados acorazados como protegidos, llegando a pedir que los Vizcaya sean reforzados en su segunda batería como lo estaba el francés Dupuy de Lome, ya que la nuevas granadas no dejaban otra solución, considerando que era mejor bajar el peso y por tanto el calibre de la artillería principal, y dárselo a la protección de todo el buque, ya que la nueva guerra imponía, como ya veía sucediendo desde la época del navío, que era mejor poder encajar los golpes enemigos, para poder llegar a la corta distancia y entonces con cañones de tiro más rápido machacarlos, lo contrario era seguro perder el combate, por lo que se convirtió en un intransigente total a aquellos que defendían la Joven Escuela « Jeune Ecole »

Poco tiempo después se le ascendió al grado de capitán de fragata y se le comisionó para realizar pruebas para mejorar su arma, así como formar parte de la comisión de la Armada en dictamen sobre la aceptación o no del submarino de don Isaac Peral en la que entre otras cosas dijo:

« Difícil es predecir, cuál será el mejor tipo de submarino. Hoy por hoy parece que el que más utilidades habría de reportar sería el de 10, o a lo sumo de 15 tons., que se pudiera llevar a bordo en reemplazo de los torpederos actuales de 2ª clase, para efectuar reconocimientos en los puertos enemigos y atacar los buques fondeados, etc., con menor riesgo que éstos; pues aunque ordinariamente es de creer que navegarían sobre superficie, al ser descubiertos o al atravesar zonas iluminadas se podrían sumergir. [...] Creo práctico y asequible, al personal en general, el manejo de todos los aparatos pero desconfío mucho de los acumuladores, el valor como arma de guerra lo creo muy discutible: redes-velocidad-habitabilidad. Los submarinos son más propios para el ataque que para la defensa, por eso prefiero el tipo pequeño que pueda llevar en su propio buque la estación de carga. Factor importante es el precio. Aunque tuviéramos defendida nuestra costa con submarinos, no por eso seríamos más fuertes en la mar mientras no pudiéramos mantener francas nuestras comunicaciones. Los submarinos, aparte de su enorme valor científico, no deben ser considerados, hoy por hoy, bajo el punto de vista militar más que como accesorio importante, a menos de no poder construir submarinos de gran tonelaje y potente artillería para combatir a flote. Donde hemos de buscar principalmente la defensa de la integridad de España es en el verdadero buque de combate »

A esto dicho en el informe habría que añadir lo que él realmente pensaba y era: como en parte indica la dependencia total para la carga de las baterías, su corto radio de acción (no autonomía, ya que estaban obligados a salir, pero después regresar para cargar de nuevo) y lo que peor veía era la posibilidad de poder hacer modificaciones en ellos conforme surgieran nuevos torpedos; como era conocedor de que el importe demandado era de cuarenta millones de pesetas, mantenía su postura que lo mejor era el comprar otro acorazado e incluso mejorando al Pelayo y abaratando costes, con algún importe más se podían tener dos, lo que haría un total de tres que ya era una significativa fuerza naval.

En el año de 1890 se le volvió a dar el mando de la corbeta Tornado, que era el buque que estaba asignado a la Escuela de Torpedos.

En este mismo año se celebraron las primeras maniobras de la escuadrilla de torpederos, siendo todos puestos bajo su mando, duraron un mes y en el transcurso de él, con las charlas anteriores a las salidas que daba a los mandos, alcanzó tal perfección en las maniobras y ejecución de los ataques que, consiguió que propios y extraños se quedaran sin habla.

A tanto llegó, que muchos oficiales se apuntaban al tener días libres de servicio, para embarcarse en ellos y comprobar el buen funcionamiento de las instrucciones recibidas, logrando de nuevo el beneplácito de todos cuantos fueron notificados de su ejemplar forma de maniobrar.

Para ello ya funcionaba un Reglamento del funcionamiento de los torpedos escrito por Bustamante, que previamente se había distribuido entre todo el personal de la Armada, lo que dado su fácil lectura y el práctico método de aprendizaje explicado, siendo esto la verdadera causa de la comprensión lo que se tradujo en la buena ejecución de las maniobras y de los lanzamientos de los torpederos por todos.

El señor don Antonio Maura, contesta a Bustamante sobre un folleto que éste le envía, en el que deja claras muchas cosas y al mismo tiempo sus apreciaciones sobre el estado de la Armada, a ello le contesta: « Sr. D. Joaquín Bustamante y Quevedo

Muy Sr. mío y estimado amigo: esperé haberlo leído como he hecho con gran gusto, para darle a V. las gracias por los dos ejemplares, que recibí en Santander, de su curioso folleto en muchas de cuyas páginas he visto confirmadas ideas que ya me parecían antes atinadas y ahora resultan abonadas por la mucha autoridad de V.

Desgraciadamente las cosas de marina siguen manejadas algo peor que si el azar las gobernase, y, dudando yo si alguna vez se acometerá de veras la magna empresa de normalizarlas, dudo todavía más de que se llegue a tiempo, pues no hemos de desconocer que la inversión del presupuesto extraordinario determina una época crítica y que los resultados de este esfuerzo se tendrá presentes en lo porvenir.

Bueno es, sin embargo, que personas como V. cuiden a tiempo de consignar su voto declinando así hasta las apariencias de partícipe en la responsabilidad de tantos errores.

Sabe V. que soy su afectísimo amigo.

A. Maura.

Madrid 17 octubre 90 »

Recibe ésta Bustamante y con fecha del día 24 o 25 de octubre le contesta:

« En contestación a su apreciable carta del 21, tengo el gusto de incluirle una copia del escrito a que en mi interior me refería.

Algo he modificado desde aquella fecha mis ideas respecto al Material pero en cuanto a organización me voy convenciendo en cambio, cada día más, de que es indispensable realizar lo que propongo.

Nuestro personal de oficiales pudiera ser tan bueno como el mejor; pero sin escuadras armadas es imposible que se adquiera la potencia marinera y militar indispensable al que ha de mandar un buque. Ahora lo que hacemos es perder la poca que adquirimos en nuestra juventud y esto no es culpa nuestra sino de las economías.

Es indispensable, si el país no quiere engañarse a sí mismo, que se tome sobre esto una resolución. La Marina es cara: pero o no tenerla o tenerla de verdad. Los barcos por buenos que sean (y los nuestros no lo son) no se construyen por sí solos. Por este camino nos estamos preparando otro Trafalgar. Sobre los Maquinistas habría mucho que hablar. Necesitan practicar mucho. Lo de los arsenales es de una evidencia innegable. Sin embargo estamos tirando el dinero en crear más.

Siento no tener el tiempo suficiente para escribir a V. cuanto se me ocurre, pero mis ideas se condensan en poner los Departamentos a flote manteniendo en cada uno una escuadra con un general que esté a bordo. Al votarse los presupuestos se decidirá en vista de los recursos cuántos meses habrán de estar armados en pie de guerra y evolucionando y cuándo con dotación de paz y los sobrantes de las tripulaciones en sus casas listos para acudir a sus buques al primer aviso. Las oficinas de tierra deberán desaparecer en su mayor parte. Resumen: El presupuesto de marina para la Mar. Joaquín Bustamante y Quevedo »

En el año de 1892, aprovechando la información que le llega del inventor mayor Watkin, que era un telemetro para la dirección de tiro de baterías de costa, la aprovecha para diseñar una muy avanzada en su época para ser embarcada. La sempiterna falta de ayuda del Gobierno, le obliga a correr con los gastos para al menos construir una, como en España no había medios recurre a la casa Breguet para que lo haga, pero se quedó sin fondos y por falta de ayudas no se llegó a construir.

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