Benavides la Cueva y Bazan, Enrique de Biografia

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Enrique de Benavides la Cueva y Bazán Biografía


Capitán General de las Galeras de España.

Caballero de la Real y Militar Orden de Calatrava.

Comendador de Martos en la misma Orden.

III Marqués de Bayona.

IV Marqués del Viso.

IX Conde de Chinchón.

Siendo más conocido por éste último título.

Orígenes

Su padre fue don Francisco de Benavides y de la Cueva, VII conde de Santisteban del Puerto, más otros títulos y su madre fue doña Brianda de Bazán y Benavides, que era su prima hermana y a su vez, la onceaba y última hija, de don Álvaro de Bazán y Guzmán, I marqués de Santa Cruz de Mudela y de su segunda esposa María Manuel de Benavides, que era hija de don Francisco de Benavides, V conde de Santisteban del Puerto. Como se puede apreciar un doble cruce de familias.

Aún acontecen más ocurrencias, ya que todos los títulos que ostentó lo fueron por contraer matrimonio, ninguno ganado por él, ya que su primera esposa fue doña Mencía Pimentel y Bazán, II marquesa de Bayona y IV del Viso, siendo la primogénita de don Jerónimo Pimentel, I marqués de Bayona y de doña Eugenia de Bazán y Benavides, IV marquesa de Santa Cruz de Mudela y III de el Viso. Que fue quien en el año de 1655, le cedió la encomienda de la Peña de Martos, con fecha del título de propiedad del día 7 de septiembre.

Su segunda esposa, fue doña Francisca de Castro Cabrera y Bobadilla, VIII condesa de Chinchón, de quien heredo también el título, por fallecer sin descendencia. Su padre fue don Andrés de Castro, era hijo de los V duques de Lemos y su madre, doña Inés Enríquez de Ribera, hija de don Perafán de Ribera y de doña Inés Enríquez Tavera de Saavedra, I condesa de la Torre.

Vino al mundo el día 19 de octubre del año de 1613, siendo bautizado el día 31 del mismo mes en la iglesia de San Pedro el Real de la Villa y Corte.

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Sus principios son desconocidos, pero por lo que acontece después, debió de empezar a navegar en las galeras desde abajo, como era lo regular entonces y sabemos que empezó en 1628, manteniéndose en el ocultismo hasta doce años después en que se le nombra Capitán General de las Galeras de Sicilia, lo que ya apuntaba a ser un buen general de ellas.

Continuaba la guerra con Francia y para defender Rosas, se encontraba una escuadra al mando de don Antonio de Oquendo, Capitán General de la Mar con diecinueve galeones, viendo que el interés de los franceses era hacerse con Génova, arribó a Rosas con hombres de los Tercios de Nápoles embarcados en las galeras del reino, al mando de don Melchor de Borja, Capitán General de las Galeras del mismo reino, consiguiendo desembarcar a las tropas y conquistar la isla de Final y Liorna, pero los franceses a su vez se habían aliado con Holanda y les llegó la noticia de la proximidad de una escuadra de galeones bátavos.

En el año de 1636 recién nombrado Benavides tuvo que zarpar al frente de su escuadra de seis galeras, uniéndose a las de Génova al mando de Juanetin Doria con otras seis y la escuadra de Nápoles con nueve, al mando de su General don Melchor de Borja que por ser preferente tenía el de toda la escuadra. Zarparon y se desplegaron en la mar a la vista para cubrir más espacio, al llegar al canal de Córcega descubrieron al enemigo, que con diez grandes galeones entraba en él, las galeras se unieron a fuerza de remo y enviaron aviso para ser reconocidos los buques bátavos, estos se rieron de la pretensión de los españoles, ya que solo eran veintiuna galeras contra diez galeones.

Pero el destino es siempre desconocido, por ello Borja ordenó mantenerse alejados del poder artillero de los enemigos, pero transcurridas unas horas el viento calmó y esa fue la llamada al combate, pues comenzaron a batirlos por las popas haciéndoles mucho daño, tanto que sobrevino la noche y el combate cesó. Al amanecer del día siguiente las condiciones de viento seguían siendo las mismas, por lo que las galeras volvieron a machacar las popas de los galeones, lo que provocó al final por tener mucha gente muerta o herida en ellos, poder ser abordados nueve enemigos, que fueron capturados y el último, algo más preparado o en mejores condiciones le pegaron fuego.

Fueron remolcados hasta el puerto de Génova, donde se descargó el trigo que transportaban, contándose los cañones enemigos y en total llevaban ciento cincuenta piezas. Habiendo sufrido graves pérdidas en hombres, y los españoles con tan solo cien muertos, más otros tantos heridos, a pesar de la duración del combate que fue de casi dos días completos.

A mediados del año de 1638 se le llamó a la Corte, dejando al mando de las galeras de Sicilia a su lugarteniente, don Francisco Gutiérrez de Velasco Gutiérrez hombre curtido y un buen capitán. Al mismo tiempo el General de las España también estaba de viaje a la Corte, dejando el mando de su escuadra a su lugarteniente don Juan de Orellana, dedicándose ambos a vigilar las costas y hacer algún viaje con carga de un puerto a otro de la península itálica.

En uno de esos viajes sin sus respectivos Generales, contando la escuadra de España con nueve galeras y seis las de Sicilia, estaban realizando un transporte de tropas a Finale, cuando les salió al encuentro una escuadra francesa de galeras al mando del marqués de Pont-de-Courlay, compuesta también por quince de ellas, pero todas nuevas, bien armadas y aparejadas todo lo contrario del estado en que se encontraban las españolas.

Era el día 1 de septiembre del año de 1638, Orellana llamó a Gutiérrez, ya que por ser el General de las galeras de España tenía el mando, conversaron y Gutiérrez le dijo que no era hora de batirse, primero porque ninguno de los dos generales estaba a bordo y mucho más importante, que las galeras de ambos estaban escasas de brazos para el remo y algunas hacían agua, lo que inevitablemente les llevaría a la derrota, por ello aconsejó intentar zafarse del encuentro, dada la cercanía del puerto de Génova se podían refugiar en él.

Pero Orellana no era de ese parecer, pues dar las popas y guarecerse para no entablar combate, era una clara actitud de inferioridad y aceptar la derrota de antemano, a esto no estaba dispuesto por dar lugar a que lo pensaran los franceses, así que ordenó formar la línea de combate de línea de fila, ocupando el centro las dos capitanas.

Cuando llegaron a distancia del alcance de artillería, las dos escuadras enfrentadas abrieron fuego, lo que resultó de una gran mortandad y siguió el combate, cada una contra la que tenía enfrente. Pero se dio la circunstancia que el viento era contrario a los españoles, por lo que al hacer fuego todas las piezas de artillería, la densidad del humo de las explosiones se les vino encima, tanto las suyas como las del enemigo dejándolos envueltos en una tiniebla, que impedía saber donde se encontraba cada cual y lo peor, los franceses sí que les veían a ellos o al menos lo intuían, ya que sus galeras quedaron todas sin humo que les estorbara.

Pero nada impidió que se abordaran ambas escuadra, con la consiguiente confusión de forma que cada una se enfrentaba con la de su costado y cuando eran vencidos, continuaban abordando a la siguiente, para terminar de arreglar la situación el viento calmo, razón por la que el combate se realizó sin ver mal allá de la galera que había abarloada a la de su costado.

Sobrevino una racha de viento que aunque floja, despejó el campo del combate, pudiendo ver entonces las españolas pensando que habían ganado, puesto que se estaban retirando con rumbo al puerto de Génova con tres galeras apresadas a los franceses.

Mientras que los franceses se mantenían en el lugar del combate, habiendo apresado a seis españolas entre ellas las dos capitanas, de ellas habían capturado a más de ochocientos hombres y muerto gran cantidad, entre ellos el cabo de las galeras de Sicilia, don Francisco Gutiérrez de Velasco Gutiérrez.

Pero no había terminado la suerte, ya que al anochecer se levantaron los prisioneros españoles, quienes consiguiendo retomar a la galera patrona de España, con la que arrumbaron al puerto de Génova, al saber lo que ocurría en su nave capitana, los que iban presos en la Santa Marta siguieron sus pasos y se apoderaron de ella, pero en ésta por ser mayoría los forzados norteafricanos, arrumbaron a su tierra, mientras que a la capitana de Sicilia se le partió el cable de remolque y por efecto de las corriente más su mal estado fue arrastrada hasta quedar varada en la playa.

Los franceses en el combate habían perdido a dos de ellas que se fueron a pique, por lo que en total ellos perdieron cinco y nosotros igual número, si la que se fue a tierras norteafricanas se hubiera podido evitar y unido en Génova al resto, el combate se hubiera ganado, pero las dos escuadras cada una se quedó con tres de la contraria.

La dureza del combate, nos las da las cifras de bajas, que son diferentes según las fuentes, pero por un término medio, se puede cifrar en algo más de dos mil muertos entre las dos escuadras y otros cuatro mil heridos en total. Estas cifras hablan por sí solas de lo que debió de pasar en este encuentro naval. Como referencia final, hubo galera que tuvo más de doscientas bajas, lo que significa que prácticamente todos incluidos remeros estaban heridos o muertos.

Un parte enviado al Monarca escrito por Orellana nos da una idea de lo sucedido: «Murieron 4.500 franceses soldados, y entre ellos número excesivo de monsieures y personas de calidad de la Provenza; de los nuestros faltaron 1.400 entre soldados y esclavos; salieron heridos el cabo D. Juan de Orellana y D. Alonso Pérez de los Ríos; mataron dos capitanes de las galeras de España; cautivaron á Miguel del Barrio, capitán de la Santa María; murió D. Rodrigo de Velasco, cabo de las de Sicilia; D. Cristóbal de Heredia y un maestre de campo; quedando 450 españoles y franceses heridos, que reconocieron curándose en Génova, habiendo llevado allá por prisioneros estos últimos. Suplióse lo que nos tomaron con los que les ganamos; pero el destrozo de la gente fue notable, y parece que no se juntaron allí sino á deshacerse, instigados del odio y la emulación envejecida de ambas naciones. Sin embargo, fue mayor la pérdida de su gente, y con particularidad en personas nobles, que es mucho de ponderar, porque hubo galera de las suyas que no pudo (¿quedó?) con 12 hombres»

Se le pierde la pista y nos lo volvemos a encontrar en el año de 1644, cuando el Rey le entrega el mando de la escuadra de Galeras de Nápoles.

Volvemos a saber de él, cuando en la plaza de Orbitelo en el año de 1646 ya estaba sitiada por los franceses, a pesar del fuerte bloqueo ejercido logró introducirse en la plaza y en el Puerto Hércules desembarcando los socorros, siendo una acción de mucho mérito por lo difícil de la situación. Consiguiendo regresar al mar antes de que le cerraran el paso, lo que impidió poder volver a socorrerlos.

Entablado el duro combate del día 14 de junio del mismo año de 1646 llamado de Orbitelo, el viento volvió a jugar una de las suyas, ya que cayó totalmente, y como la fuerzas importantes eran ya los galeones estos se quedaron como a unas cinco millas de distancia, por lo que ambos jefes, el francés y el español ordenaron a sus galeras que los remolcaran hasta poder entrar en combate, así la capitana de España dio remolque al galeón Capitana de Pimienta, la capitana de Nápoles, al mando del Marques del Viso a la Testa de Oro, uno de los más grandes galeones de la época y la capitana de Sicilia al mando del marqués de Bayona, al galeón San Martín, el resto se fue repartiendo, al llegar al fuego las escuadras de galeras ya no tuvieron mando directo, pasando cada capitán a prestar la ayuda que pudiera a los grandes galeones.

Ambas escuadras de galeras, se dedicaron a combatir por las popas a los galeones, pero la acción de los brulotes franceses obligó a las españolas a sacar a sus galeones dañados del combate, siendo casi su principal misión. Estaban reunidas todas las escuadras de galeras, España, Nápoles, Sicilia y Génova con sus respectivos Generales, pero entre el humo y procurar no ponerse al alcance del fuego enemigo, obligó a que cada una quedará independiente de su mando superior.

Después de cuatro horas de intenso fuego, se le pegó fuego por su misma tripulación al galeón español Santa Catalina, para evitar que fuera capturado. El galeón Testa de Oro, tuvo que soportar a cuatro y cinco enemigos, siendo uno de los más castigados, teniendo que remolcarlo la capitana de Sicilia, con gran riesgo de ser hundida al tener que entrar casi en el centro del combate, mientras que la capitana de Nápoles al mando de Benavides no pudo hacerlo, por haber recibido a flor de agua un impacto en su banda siniestra, lo que le impedía casi moverse por la gran cantidad de agua embarcada.

Por su parte los franceses, perdieron a un brulote que fue incendiado por los españoles y a su General en Jefe el duque de Brézé, quien tuvo la mala suerte de ser alcanzado de lleno por una bala de cañón de las galeras, cuando éstas dispararon por las popas de los galeones franceses, llevándose también a algunos de sus acompañantes

Los dos siguientes días, las dos escuadras estuvieron a la vista, la española a barlovento, pero visto que la francesa no daba muestras de querer combatir, en la noche del segundo día pusieron rumbo contrario, por lo que al amanecer del tercer día no había ningún buque francés a la vista. En parte el resultado del combate no tuvo otro resultado, dado que el duque de Brézé no varió en nada su táctica utilizada ya en Cádiz, Barcelona y el cabo de Gata, consistente en mantenerse a barlovento y lanzar los brulotes, al romper la formación española entonces se lanzaba al ataque por sectores concentrando sus buques, obteniendo así la victoria, pero en esta ocasión sus buques incendiarios no tuvieron su éxito al ser desviados por las galeras.

Los generales españoles pusieron rumbo a Puerto Longone, para reparar daños, el día 25 arribaron ocho galeones más de la escuadra de Nápoles, aumentando así la fuerza de la armada española. Aprovechó el conde de Linares General de la escuadra para celebrar un Consejo de Guerra de Generales, para decidir si se acometía a los enemigos para liberar del asedio a la plaza, pero no estaba de acuerdo con nadie, aun así dada la fuerza que representaba haber recibido los nuevos buques, permitió que el día 26 lo intentaran, las fragatas de Dunquerque desembarcando tropas en Telamón y los ocho galeones lo hicieran sobre Santo Stefano, con la fortuna de destruir en ambos puertos a setenta tartanas francesas, que eran sus almacenes. Pero sin poder conseguir dar socorro a la plaza.

Le llegó al conde de Linares una carta del gobernador don Carlos de la Gatta, en la que le expresaba su sentir, pero que ya no le quedaban fuerzas para resistir más, y si en breve plazo no recibía ayuda se rendiría. Esto decidió al conde a permitir un desembarco en fuerza con un total de tres mil trescientos hombres, con la orden de avanzar hacia la plaza, los hombres desembarcaron y de dividieron en dos columnas, una iba delante y recibió en campo abierto el ataque de la caballería pesada francesa, que prácticamente los deshizo, la otra columna que iba a retaguardia consiguió llegar a la cumbre de una colina, donde pudo soportar los ataques de la caballería francesa, pero sufriendo muchas bajas, por lo que después de seis horas de combate y aprovechando la noche regresaron los pocos que habían quedado, dejando a muchos heridos graves y muertos en el campo de batalla, solo pudiendo regresar cuatrocientos de los heridos menos graves que aún se podían mantener en pie, por ser imposible al resto llevarlos consigo y sus armas, a lo que hay que sumar el cansancio del combate.

El conde de Linares volvió a convocar el Consejo, empezando por hablar él declarando la imposibilidad de poder mandar socorros a Orbitelo, pero los marqueses del Viso y Bayona, le rebatieron y se ofrecieron realizar el ataque ellos solos. Pero Pimienta apoyaba a Linares, así que se cerró el Consejo sin llegar a ningún acuerdo.

Esto provocó, que esa misma noche entraran cinco buques franceses con refuerzos, lo que envalentonó al jefe francés príncipe Tomas. Esa misma noche llegó al campo el marqués de Torrecuso con la caballería que enviaba el duque de Arcos, el recién llegado se puso de parte de los dos marqueses, lo que inclinó las opiniones a su lado, así el conde de Linares quedó sorprendido, acorralado, no vio otra salida por esta razón decidió dejar de General de los galeones a Pimienta y de las galeras al marqués del Viso, mientras él con sus galeras ponía rumbo al puerto de Barcelona, con la escusa de que eran necesarios sus vasos en las costas de España.

Fue abandonar el mando y el resto se puso inmediatamente de acuerdo, solo Pimienta les dejo hacer, excusándose de haber llegado seis buques desde Cádiz con cuatro mil hombres. Ya desde el día 17 de julio, habían logrado dejar en tierra a un grupo de hombres, que inmediatamente comenzaron a cavar trincheras, lo que permitió ir desembarcando a más hombres, que a su vez puestos a trabajar los caminos se iban realizando rápido, mientras que las galeras para que no pudieran ofender a los hombres, se dedicaron a bombardear los fuertes de San Blas y Lancidonia, teniéndolos así entretenidos sin darse cuenta del avance que estaban consiguiendo los soldados, que fue tanto que al día siguiente comenzó el ataque.

Salieron de sus trincheras las tropas españolas, que a su vez era cubiertas por el fuego de la artillería de las galeras, siendo tan de súbito el ataque y con tanta fuerza, que el príncipe Tomas ordenó la retirada en dirección a Telamón, en su huida iba destruyendo los puentes para dificultar el avance de los españoles, pero no se pudo llevar las veinte piezas de artillería con las que estaba destruyendo la fortaleza de Orbitelo, quedando en poder de las armas españolas, así como un trabuco con el que lanzaba bombas al interior de la fortaleza, al igual que gran cantidad de pertrechos. Viendo el éxito los españoles no les siguieron, lo que facilitó el reembarque del príncipe el día 24.

Ya abastecida la fortaleza y ciudad, con más hombres de refresco y reconstruidas sus defensas, dejándole además las piezas capturadas a los franceses, se dieron a la vela cada escuadra a su puerto de base, pero nadie quedó contento de esta acción, por ello el Rey ordenó levantar un informe del comportamiento de sus generales, de la investigación S. M. tomó la decisión de deponer a todos ellos de sus mandos, nombrando en su puesto a unos gobernadores, siendo presos el conde de Linares, Pimienta, marqueses del Viso y Bayona más el general don Pablo de Contreras. Ya que sus desavenencias habían causado graves pérdidas al Rey y a España.

Al conseguir reforzar a Orbitelo, las escuadras abandonaron el mar regresando a sus respectivas bases, craso error que pagarían más tarde, pues de ello se aprovecharon los franceses, para de nuevo volver y tomar Puerto Longone y Piombino, estando al mando de la fuerzas el mariscal de la Meilleraie. Perdiéndose a su vez por dos veces la oportunidad de destruir a la escuadra francesa, de ahí la reacción del Rey.

Mientras se terminaba de aclarar las responsabilidades de cada uno, el Rey nombró como Gobernador General de todas las fuerzas marítimas a don Juan de Austria, hijo natural del Monarca a quien le había puesto el mismo nombre, que al anterior con la misma circunstancia de don Carlos I como muestra de engrandecimiento de la Monarquía. A su vez quedó definida la prioridad en el mando de las galeras, siendo el jefe de todas ellas si se reunían el General de la de España (éste ya era el que se usaba) y en ausencia de éste por el orden siguiente, Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Génova, de esta forma se evitarían las discordancias anteriores que no habían dado ningún buen resultado.

Al juntarse de nuevo las fuerzas navales bajo el mando de don Juan de Austria, se incorporó con solo una galera de Nápoles don Enrique, por lo que es de suponer que fue de los que salió mejor librado de las iras del Rey. La escuadra formada ahora por treinta y dos velas, más ocho brulotes, transportando a ocho mil hombres del ejército zarpó con rumbo a Tortosa y Vinaroz, donde sucesivamente fue desembarcando a las tropas, las cuales avanzaron hasta la ciudad de Lérida y lograron hacer retroceder al ejército francés a su tierra. Mientras en la mar estuvo cruzando la escuadra de galeras, para mantener alejado el peligro de invasión por la espalda de las fuerzas españolas.

Se dispuso entonces ir a los propios puertos de Francia y hacer el mayor daño posible, pero una carta llegada a la Corte puso en aviso, de que habían surgido graves disturbios en Sicilia y si cabe más graves en Nápoles. Motivo por el que la escuadra zarpó con urgencia a estos puertos, donde se consiguió tranquilizar a las masas, que se habían soliviantado por un tema de nuevos impuestos sobre las mercancías a desembarcar y embarcar.

Se le vuelve a perder la pista durante muchos años hasta que en el de 1662, por fallecimiento de su titular el duque de Alburquerque, se le entrega el mando de las galeras de España. Y de nuevo vuelve a desaparecer, hasta el año de 1670, en el que navegando con solo tres galeras por las costas de Valencia, se encontró con una polacra pirata argelina, a la que no se le dio tregua, siendo apresada al abordaje, pero a costa de grandes pérdidas, ya que el mismo marqués resultó herido en el combate.

Ya se estaba haciendo mayor para estos menesteres y pidió a S. M. le cesara en sus obligaciones, a lo que el Rey accedió y curiosamente le entregó el mando de las galeras de España a su hijo en el año de 1674.

El rey don Carlos II, le permitió descansar un tiempo, para luego nombrarlo virrey de Navarra, donde se sabe que en el año de 1684 permanecía en el cargo.

Encontrándose ya muy mayor, elevo ruego al Rey para que le exonerara de sus cargos, lo que le fue concedido, regresando a su casa en la Villa y Corte, donde falleció el día 27 de diciembre del año de 1700, contando con ochenta y siete años de edad, habiendo permanecido a bordo de las cubiertas de las galeras durante cuarenta y seis años.

Bibliografía:

Bauer Landauer, Ignacio.: Don Francisco de Benavides cuatralvo de las galeras de España. Madrid, 1921.

Cervera Pery, José.: La Estrategia Naval del Imperio. Auge, declive y ocaso de la Marina de los Austrias. San Martín. Madrid, 1982. Premio Virgen del Carmen de 1981.

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Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Museo Naval. Madrid, 1973.

Guardia, Ricardo de la.: Notas para un Cronicón de la Marina Militar de España. Anales de trece siglos de historia de la marina. El Correo Gallego. 1914.

Paula Pavía, Francisco de.: Galería Biográfica de los Generales de Marina. Imprenta J. López. Madrid, 1873.

VV. AA.: Colección de documentos inéditos para la historia de España. Facsímil. Kraus Reprint Ltd. Vaduz, 1964. 113 tomos.

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