Avilés y Márquez, Pedro Menéndez de1

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Al ver alejarse a los dos buques y perderse en la oscuridad, regresaron al fuerte donde ya se había dado con un gran almacén de ropa, así que se repartió entre la tropa para que al menos estuvieran algo más secos. Fuera del Fort había muchas casas, para que no estuvieran todos en el recinto, los repartió de veinte en veinte a descansar en ellas y siempre al menos uno de guardia, así pasaron la noche más tranquila de toda la semana.

Al amanecer de ese mismo día, se levantó el Adelantado y ordenó tocar atambores, por lo que todos acudieron inmediatamente; una vez reunidos les dijo que le pondría al fuerte el nombre del santo del día, así se llamó de San Mateo y después se celebró una misa por la victoria.

Don Pedro estaba preocupado por si los franceses habían intentado atacar a San Agustín, así que nombró al Sargento mayor don Gonzalo de Villaroel, Gobernador del fuerte con una fuerza de trescientos hombres, para conservarlo en nombre del rey de España. Y como último acto, mandó construir dos grandes cruces e instalarlas lo más visiblemente posible de cualquiera que se acercará a él para evitar confusiones.

Ordenó que los capitanes Andrés López Patiño, Juan Vélez de Mendrano y Alvarado, con sus banderas y hombre se pusieran en camino, pero los hombre se negaron ya que había llovido mucho los últimos días, siendo razonable que el camino estaría peor que a la ida y que habían combatido, por lo que estaban muy cansados y podrían no llegar al ir muriendo por agotamiento, ya que no habían tenido tiempo de recuperarse. Don Pedro se dió cuenta de que nada podía hacer, así que decidió buscar a sus buenos hombres.

Para ello y siempre acompañado de su oficial de guarda, que no lo dejaba ni a sol ni a sombra, ni de día ni de noche, don Francisco de Castañeda, se fueron a repasar una por una las casas, y de cada una de ellas iba escogiendo a aquellos que le convenían y gozaban de su confianza, consiguiendo reunir a treinta y cinco, con lo que formó una compañía de absoluta confianza y hombres con ganas, pues a todos los que se lo indicó ninguno se echo atrás. Los reunió y les dijo que se prepararan para al día siguiente pues partirían sobre la nueve de la mañana camino de San Agustín.

Al terminar este trabajo, llamó al Maestre de Campo, dándole las instrucciones de que saliera lo antes posible con una compañía de cincuenta hombres, ya que se veían los buques franceses como a una legua y fondeados, por lo que era razonable pensar, que estaban allí esperando la llegada de los escapados del fuerte, y que intentará el pararlos o interrumpir su paso.

Así lo hizo el Maestre y desplegó a sus hombres, los cuales dieron una buen batida por la selva, consiguiendo dar con 20 de ellos, pero como estos no hacían caso a las órdenes de detenerse, tuvieron que usar las armas y fueron todos muertos. Otros diez se habían ido a buscar a los diferentes jefes indígenas, quienes a su vez y estando en la misión anterior fueron llegando y entregándolos al Adelantado, quien les perdonó la vida y los invitó a regresar a Francia.

Estos le contaron, que el Gobernador del Fuerte, Rné Ludonniére junto a otros veintinueve hombre habían conseguido llegar a los bajeles, por eso al final se supo la cantidad exacta y donde habían ido a para todos.

Al regresar por la noche el Maestre, hizo Consejo de Guerra de Oficiales, y les comunicó que él y los treinta cinco hombres saldría al día siguiente, cuando llegara a San Agustín, pertrecharía perfectamente a dos de los tres buques allí fondeados, para que remontando el río dieran caza a los dos franceses, para evitar que pudieran utilizar su artillería contra el fuerte. Y al Maestre, que en cuanto los hombres restantes estuvieran preparados, los pusiera en marcha para reforzar a San Agustín, con los Capitanes Alvarado, Medrano y Patiño, pues se temía que hubiera sido ya informado el virrey francés y pretendiera tomar de nuevo los lugares perdidos.

El regreso de don Pedro fue casi un milagro, ya que las lluvias habían encajonado las aguas y los riachuelos que habían pasado a la ida, ahora eran auténticos ríos imposibles de vadear, así que perdieron mucho tiempo buscando un lugar para conseguirlo, lo que les obligo a dejar la senda de ida y perdiéronse por el monte, ordenó a uno de su hombre que se subiera a un árbol y consiguió ver un claro que lo marcó, se fueron hacía él y al llegar el río era mucho más estrecho, así que con cinco hachas se pusieron a cortar unos altos pinos, de forma que al caer pudieran servir de puente, así se hizo, pero dos hombres perdieron los pies sobre la resbaladiza madera y con algún esfuerzos consiguieron rescatarlos.

Al estar a la otra parte, mandó al mismo hombre que volviera a subir a un árbol, el cual consiguió volver a descifrar el bosque y señalar el posible lugar para volver a la primitiva senda, la cual después de una larga caminata, pero siempre con el agua hasta las rodillas consiguieron alcanzar. Entonces aumento de intensidad la caída de agua, parecía que la tormenta les quería impedir alcanzar su objetivo, lo que ya les provocó llevar sus ropas totalmente empapadas, aumentando el peso a transportar lo que les obligaba a ir más hundidos en aquellas ciénagas, haciendo del camino de regreso un verdadero calvario.

Después de tres largos días ya se dieron por llegados, entonces un soldado de los más distinguidos en la toma del Fuerte, le pidió permiso para adelantarse y dar la buena nueva a todos los pobladores de San Agustín, a lo que don Pedro (que nunca tuvo afán de protagonismo) se lo concedió, e incluso como el hombre iba muy cansado, le dijo que se pararían allí mismo un tiempo para dárselo a él y poder llegar con algo de anticipación.

Alcanzó el soldado la población y dió la noticia, inmediatamente todos muy contentos comenzaron a festejarlo y cuatro clérigos, salieron con unas cruces a dar la buena nueva, de forma que cuando llegó el adelantado y el resto de sus hombre, no les dieron ni tiempo de cambiarse de ropa, pues el oficio de la misa ya le estaba esperando, se abrazaron conocidos y amigos, y en procesión se dirigieron al lugar designado para la celebración, y dar agracias a Dios por la victoria.

Don Pedro ordenó el preparar los dos buques para ir a por los dos franceses y zaparon río arriba. Al mismo tiempo mandó excavar varias líneas de trincheras para mejorar el sistema de defensa, así como las diferentes posiciones de en ellas para colocar la artillería.

Al día siguiente llegaron unos indígenas amigos, anunciando que como a unas cuatro leguas, había muchos franceses. Así el Adelantado escogió a cuarenta hombre y se dirigió al lugar señalado, al llegar se dió cuenta que eran muchos, por lo que mando esconderse a los suyos, a excepción de unos pocos que estaban a la vista, a la voz los llamó y uno le contestó con un castellano muy claro (luego se supo que era un gascón de San Juan de Luz), a las preguntas de don Pedro, le contestaron que eran franceses de la nueva religión y que venían para ir al Fort Carolina, pero que sus buques habían naufragado y no podían cruzar el río, y le pedían ayuda, y saber quienes eran.

Don Pedro le dijo que eran españoles, y que él era el Virrey y Capitán General de estos territorios en nombre del Rey de España y que estaba allí para convertir a los indígenas a la verdadera religión. Y que si querían ayuda, debían entregarle banderas y armas, entonces recibirían la ayuda demandada.

Tardaron dos horas en decidirse, y lo llamaron para que les enviase un bote, en el que pasaron cinco de los más gentiles hombres, quienes le ofrecieron por sus vidas cincuenta mil ducados, a los cuales el Adelantado se negó a recibir y que si les daba la libertad sería por la gracia de Dios, por que él no entraba en ese tipo de codicias a pesar de ser un pobre soldado.

Ante esto regresaron y hablaron entre ellos, decidiendo que fuera lo que el Cielo deseará, pero no había otro camino, así que se rindieron y comenzaron a pasarlos de diez en diez, siendo a su vez maniatados con las mechas de los arcabuces, ya que los españoles eran muy pocos y ellos muchos, lo que comprendieron y se dejaron hacer; en cada viaje se iban aportando las banderas, llegando al total de 60 arcabuces y 20 pistolas, siendo el total de entre todos de doscientas ocho personas. También aparecieron muchas obras muy bien encuadernadas, pero luteranas, por lo que don Pedro ordenó su destrucción por el fuego.

Ya todos reunidos, el Adelantado preguntó si entre ellos había algún católico de verdad, por lo que ocho de ellos dijeron que sí y a estos, con las armas y banderas fueron trasbordados al bote y trasladados a San Agustín. El resto se puso en camino, pero don Pedro, había advertido a sus dos capitanes; al que iba en cabeza que vería una raya en un arenal que el había hecho, cuando llegara a ella que comenzasen a degollarlos a todos y al que iba en retaguardia, siguiera el mismo ejemplo del anterior, así que en pocos minutos quedaron los doscientos franceses muertos en aquel lugar.

Regresaron a San Agustín y al amanecer del día siguiente, volvieron los indígenas informando de otros muchos herejes se encontraban en el mismo lugar que los anteriores. Don Pedro pensó, que era natural que el propio Jean Ribault fuera el jefe de ellos, al igual que lo eran los del día anterior y muy posiblemente presente, así que como siempre agradeció a lo indígenas la información y les volvió a entregar las baratijas propias de la época, con los que se fueron muy contentos. (Hay que decir, que además se estaban comportado como un buen servicio de espionaje, lo cual era de a gradecer)

Ordenó se prepararse a tres compañías, que se formaron con los más descansados, logrando reunir a los ciento cincuenta hombres poniéndose en camino al lugar, lo alcanzaron pero ya casi de noche, causa por la que mandó descansar a su gente pero sin encender nada para no delatar su presencia.

Al amanecer los hombres se tiraron a tierra con las armas cargadas, aunque los herejes estaban como a dos tiros de arcabuz, (suponemos que como a unos cien metros), para estar ocultos a la vista de ellos, y solo de pie paseando por la orilla, don Pedro su Oficial de Guarda, don Francisco de Castañeda y otro Capitán.

Desde la orilla contraría hacían todo tipo de demostraciones de entrar en combate, pero don Pedro seguía hablando con su dos capitanes como si nada fuera con él, hasta que pasadas dos horas, los franceses levantaron un palo con un pañuelo blanco, así que don Pedro llamó a un ‹clarín›, que sabía llevaba un gran pañuelo blanco y lo anudo a la punta de su espada.

Los franceses querían que don Pedro cruzara el río para parlamentar, a lo que respondió que ellos tenían una canoa de los indios y él no disponía de nada, que lo mejor fuera que vinieran ellos. Así que alcanzo la orilla uno que dijo ser el Sargento Mayor del Virrey Jean Ribault, que solo querían los buques para llegar al fuerte que estaba como a veinte leguas, para transportar a los trescientos cincuenta que eran, ya que sus bateles se habían perdido en una gran tormenta y que de paso, el Virrey quería saber quienes eran y quien estaba al frente de ellos. El Adelantado le contestó, que eran españoles cristianos, del Rey Católico don Felipe II y que por orden suya estaba al mando de la tropa el que le hablaba, que tenía por nombre Pedro Menéndez.

Don Pedro, le añadió que el fuerte estaba ya en sus manos, que había degollado a todos sus pobladores, excepto a las mujeres y niños no mayores de 15 años, que en el fuerte ya nada podían hacer, por lo que le pidió se rindieran a él, (todo esto mientras caminaban al lugar donde el día anterior había sido degollados los doscientos franceses anteriores y que yacían allí sus cuerpos), estando ya a la vista de tan horripilante escena le dijo que mirara y viera el trato que por orden de su Rey estaba dando a los herejes.

El Sargento aguantó bien el impacto, y reaccionó pidiéndole que regresara con él a la posición de los franceses, ya que su jefe estaba muy cansado y no podía viajar. Don Pedro le contestó: «Hermano, andad con Dios y dad la respuesta que os dan, é si vuestro General quisiere venir hablar conmigo, yo le doy mi palabra que puede venir é volver seguro, con hasta 5 ó 6 compañeros que traiga consigo, de los del su consejo, para que tome el que más le convenga.» Viendo el Sargento, que no era ningún infeliz don Pedro, no vio otra posibilidad que el retornar a comunicar lo oído y visto.

Sobre una media hora después, cruzaron el río Jean Ribault acompañado de ocho de sus principales, a los que don Pedro invitó a comer y mientras conversaban. El francés no parecía convencido de que el Fuerte se hubiera tomado por lo españoles, por lo que don Pedro ordenó traer a dos franceses tomados en él y que ellos le contaran la verdad, así como le fueron mostrados infinidad de cosas, que solo era posible tenerlas si se había hecho y que las portaban sus hombres como premio a su victoria.

Al fin se convenció y se amparo a que los dos reyes eran cristianos, y él sólo quería regresar a Francia, y solo le pedía los buques que fueran necesarios para regresar. Quiso el francés ganarse a don Pedro, pero este le contestó lo mismo que a los anteriores, así que el Ribault no vio otra forma que regresar a su orilla y tratar el tema con sus muchos nobles que iban con él.

Regresó Ribault, y se lo quiso ganar otra vez, al menos para impedir su muerte y la de los nobles que le acompañaban, pues le dijo, que le darían cien mil ducados, a lo que don Pedro contestó: «Mucho me pesa si perdiese tan buena talla é presa, que harta necesidad tengo dese socorro, para ayudar de la conquista é población desta tierra: en nombre de mi Rey, es á mi cargo plantar en ella el Santo Evangelio»

Esta respuesta hizo pensar a Ribault, que era posible ganarse a don Pedro, por lo que le añadió, que si respetaba la vida de los nobles y la suya, sería muy posible el doblar la cantidad dicha. Don Pedro le dijo que se fuera a su campo y que lo trataran, ya que él esperaría la respuesta, aunque ya era casi de noche, lo mejor sería dejarlo para el día siguiente.

A la mañana siguiente, cruzaron con la canoa los mismos, pero esta vez traían un estandarte Real, el del Almirante francés, dos banderas de campaña, y le entregó su espada, daga y celada todas doradas y muy buenas, así como una rodela, pistola y sello Real, para firmar los documentos en nombre del Rey de Francia. Y que con él cruzarían unos ciento cincuenta, pues los doscientos restantes al no estar de acuerdo con ellos, se fueron marchando durante la noche y nada podía hacer por hacerlos regresar.

La escena se repitió, pues fueron cruzando de diez en diez, y atándoles las manos, con la excusa de que debían de andar cuatro leguas y no era conveniente el que las recorrieran de momento tan libres, así fueron llegando y se les ataba fuera de la vista de los que llegaban, ya reunidos todos volvió don Pedro a hacer la pregunta, de que si entre ellos había algún católico de verdad.

Pero Ribault le dijo que todos profesaban la misma religión y comenzó a cantar el salmo «Domine memento mei», lo dejó terminar y ya con la orden dada al capitán Diego Flórez de Valdés, les indicó que se pusieran en camino y al igual que el día anterior, cuando llegaron a la raya, fueron todos degollados. A excepción de los atambores, pífanos y trompetas, más cuatro que si confesaron ser católicos, siendo en total dieciséis personas las que se libraron de la muerte.

Veinte días después de estos sucesos, volvieron a aparecer los indios, comunicando que a ocho días de camino y dentro del canal de Bahamas, en el cabo Cañaveral se estaban estableciendo muchos más cristianos como los que él había matado, volvió a darles sus regalos y se fueron tan contentos.

Don Pedro ordenó que diez hombres con un bote a vela y remos, se hicieran llegar al fuerte de San Mateo, para que de su guarnición se vinieran ciento cincuenta. Mientras escogió otra vez a los primeros treinta y cinco, más al Maestre de Campo y los Capitanes don Juan Vélez de Medrano y Andrés López Patiño, para que a su vez escogieran hasta un total de otros ciento cincuenta.

Así seis días después de la noticia todos juntos oían misa y partían los trescientos en tres naves, éstas con víveres para cuarenta días a recorrer la costa, dándose la circunstancia, de que al parecer por las corrientes los buques no avanzaban más que un hombre andando por la playa. Así ordenó que la mayoría desembarcara, para quitar peso de las naves y así a ver si coincidía al menos la velocidad de ambos conjuntos. Pero para dar ejemplo, él fue el primero en hacerlo y recorrió con sus hombres la distancia a pie.

Alcanzaron el punto al alba, pero desde el fuerte a medio construir los vieron y salieron todos corriendo a la selva, hizo sonar a un trompeta francés para que vieran que no les haría ningún mal. Salieron unos pocos y le dijeron, que preferían ser comidos por los indígenas que ser prisioneros de los españoles, pero aún así se rindieron unos ciento cincuenta, pero a estos como acaban de llegar, el Adelantado los trató muy bien por que incluso ni los ató. Así que le prendió fuego al fuerte, excavaron grandes hoyos y enterraron la artillería, ya que era muy grande y los buques muy pequeños, así mismo destruyeron la nave a medio construir y le pegaron fuego a las maderas.

No quería perder la ocasión don Pedro y dió orden de que los buques siguieran costeando, pues era seguro que por allí debía de haber alguna tribu y quería conseguir el que le dieran lugar donde asentarse, para estar más cerca de la isla de Cuba, así las naves encontraron como a otras quince leguas un poblado por nombre Ays, que era el mismo del cacique. Éste tuvo una demostración de aprecio muy importante, pues no solo no huyeron sus hombres, si no que por contra salieron todos a recibir al Adelantado, que se llevó gran alegría de esta demostración de amistad.

La falta de alimentos era el problema principal, así que sus hombres le rogaron que se acercara a la isla de Cuba con dos de ellos, para traerles comida que era muy escasa y de no hacerlo todos morirían de hambre, así que se embarcó con cincuenta de los suyos y veinte franceses, pues así eran menos bocas para alimentar ya que a estos se les daba lo mismo que a los españoles. La navegación no era fácil, ya que la corriente del canal de Bahamas corre hacía el Norte y él tenía que hacerlo hacía el Sur, lo que no iba a resultar una ruta fácil.

Para terminar de arreglar el problema se quiso utilizar la aguja de marear y se dieron cuenta que estaba partida, así que cien leguas por delante y sin ningún instrumento y con la corriente contraria, pero don Pedro no dejó el timón a nadie y eso que con él iba el piloto Mayor Juan Ribao, anduvo bastante bien siempre costeando, hasta que decidió el dar el viraje con rumbo al Sur, entonces avisó a la otra nave que no se separará de la suya.

Estando atravesando en canal se desencadenó una tormenta, pero con tanta suerte que la mar lo empujaba en la dirección correcta y ya pasadas muchas horas tuvo que dejar el timón, pero solo se lo dejó a un piloto francés, que ya le había demostrado conocer la zona.

Al terminarse la tormenta, se dió cuenta que el segundo bajel estaba fuera de la vista, por lo que continuó a su rumbo y tanto habían recorrido, que se pasó del puerto de la Habana y solo cayó en la cuenta cuando vio que otro buque de indios entraba en el de Bahiahonda, a los que consiguió alcanzar y se lo confirmaron, a estos el Adelantado les preguntó si llevaban comida, y le vendieron de todo y en abundancia, pues eran cazadores y llevaban caza de sobra, lo que supuso un gran alivio para todos, después de comer viró de nuevo arribando por fin al puerto de la Habana, pero esto no ocurrió hasta la noche siguiente, pues los vientos le fueron contrarios y le costó dar muchas bordadas para alcanzarlo.

Al ir a entrar el centinela le dio el alto, preguntó quién era y se lo dijo, le dejo casi con la palabra en la boca y salió corriendo a avisar, don Pedro se mantuvo por un tiempo en la bocana, pero viendo que tardaba se decidió a entrar, solo hacerlo comenzaron a disparar todos los buques fondeados en el puerto, pero solo salvas por saber quien era, así se llevaron todos la mayor alegría, alcanzó un punto y soltó el ancla quedando fondeado, se arrió el bote y bajo a tierra.

En el puerto se encontró con su sobrino, Pedro Menéndez Marquéz, que se había separado de la escuadra de don Esteban de las Alas y se encontraba en el puerto la escuadra de Asturias y Vizcaya a su mando, que todos estaban muy tristes porque daban al Adelantado por perdido, pero que ahora el contento era mucho mayor.

El mayor escollo lo encontró con el Gobernador, don García Osorio que nada le quiso dar a pesar de las varias entrevistas, pero se mantuvo en su postura inicial y no cedió, basándose en que nadie le había ordenado hacerlo.

Don Pedro llamó a Consejo de Guerra de Oficiales a todos los jefes de sus buques a las órdenes de su sobrino y explicó que lo mejor era el navegar hasta La Florida, desembarcar allí parte de la artillería y las provisiones posibles, para que se pudieran mantener por un tiempo y después enviar buques a varios lugares del golfo de Méjico, para tratar de conseguir víveres para mantener a los que estaban en La Florida. Estuvieron todos de acuerdo y para ello nombró a su sobrino Almirante de la escuadra, dejando claro que para dentro de doce días estarían todos listos y zarparían juntos.

Durante este tiempo aún insistió al Gobernador, pero nada en claro sacó, así que llegado el día fueron desplegando velas, levando anclas y como el viento era de tierra, en poco tiempo pudieron estar todos fuera del puerto, navegaron unas leguas y divisaron a un buque, que rápidamente al verlos se escondió en una ensenada, mandó a su sobrino que investigara ese comportamiento, así que abordaron el bajes y a nadie encontraron, por lo que se dio por hecho que se habían refugiado en las montañas cercanas.

Don Pedro a voz en grito los llamó y uno bajó, se dio cuenta que eran españoles, mientras que ellos eran portugueses, pasó el aviso y fueron saliendo de sus escondites, al comprobar que era don Pedro, le dijeron que traían víveres y noticias del Rey de España, al acudir el jefe de ellos, le comunicó, que el Rey don Felipe le enviaba a comunicarle que los franceses estaban armando una gran escuadra, para venir a combatirle, por lo que le enviaba a mil quinientos hombre y diecisiete buques, repletos de todo lo necesario incluida artillería de sitio y que a lo largo del mes de marzo irían llegando.

Ante esta nueva, decidió quedarse en La Habana, a pesar de lo mal que se llevaba con el Gobernador, así a los pocos días arribó al puerto don Esteban de las Alas, que se había quedado por una tormenta apartado de la escuadra de su sobrino en la isla de Yaguana. Llegó con dos buques y doscientos hombres, siendo la alegría de los dos muy grande. Pero los buques venían maltrechos, así que ordenó don Pedro que se pusieran a repasar, así como los dos con los que él había arribado, a los que se unió un bergantín al mando de don Diego de Maya, que había hecho un tornaviaje entre la Habana y La Florida, para llevar víveres y bastimentos, y compró en el puerto un patax francés y una chalupa nueva, así se compuso una escuadra de siete buques más para enfrentarse a los franceses en La Florida.

Zarparon y pusieron rumbo a explorar las islas de camino a La Florida, ya que muchos buques se habían perdido en ellas y se decía que había un jefe indio que llevaba veinte años, haciéndolos prisioneros y sacrificando a alguno todos los años para sus dioses, que eran demonios para los cristianos. Así dieron con él y después de muchas entregas de abalorios, espejos y telas nunca vistas por ellos, consiguió que dejaran en libertad a varios de ellos, entre los que se encontraban muchas mujeres, dándose el caso, de que algunas de ellas por no abandonar a sus hijos tenidos con los indios no quisieron embarcar y se escondieron en la selva.

El cacique principal, le dió incluso barras de plata como muestra de su amistad, le entregó a su hermana para que fuera educada en la religión católica y que cuando regresará, si le convencía él sería el primero en convertirse también y todos los suyos, pues estaba ya convencido que era mejor ser católico que no indio. Así embarcaron en la nao de don Esteban de las Alas para ser transportadas a la Habana y entregadas al tesorero a las órdenes de don Pedro, don Juan de Ynistrosa, para que fueran educados en la religión cristiana y cuando ya estuvieran preparados, que los bautizara, ya que él regresaría en cuatro o cinco meses y los devolvería a su cacique.

Mientras tanto se fueron recibiendo a cuenta gotas más provisiones como la carabela que viniendo de Nueva España arribó al puerto de la Habana y desde aquí enviada a La Florida, cargada de maíz, gallinas, miel y alpargatas, ya que las grandes distancias recorridas a pie por la zona destruía el calzado con facilidad. Este era uno de los varios buques que don Pedro estando en la Habana, mandó zarpar a buscar ayuda que le era negada en la isla de Cuba por su Gobernador y esta carabela la había mandado cargar el fray de Toral, obispo de Yucatán.

En estos días en la colonia de San Agustín un grupo de hombres se amotinaron, apresaron al Maestre de Campo y a varios más de los capitanes, incluido el tenedor de bastimentos clavaron la artillería y se quisieron embarcar en la fragata, pero como era en total ciento treinta hombres todos no podían ir. Hicieron un consejo entre ellos y nombraron a un Sargento Mayor, el cual eligió a doce arcabuceros y seis alabarderos como escolta personal, así iba designando quien podía abordar la fragata.

Al intentar abordarla él y su escolta, todavía eran demasiados lo que llevó a que tuviera que ordenar desalojar a unos pocos, estos se revolvieron y comenzaron un pequeño enfrentamiento, momento que aprovechó el Maestre de Campo, para desasirse de sus ligaduras y liberar a ocho de su capitanes y hombres, con ellos armados de arcabuces, se dirigieron a los que se enfrentaban y les dieron el alto haciendo fuego, por lo que muchos de la fragata saltaron al mar y otros cayeron heridos.

Como se vieron perdidos entregaron sus armas, así fueron maniatados y puesto bajo custodia de buenos y fieles soldados. Acabada la revuelta y regresado el orden, el Maestre de Campo formó Consejo de Guerra Sumarísimo al Sargento, con la sentencia de pena de muerte por rebelión, que fue ejecutada al instante, siendo colgado de un árbol. Con lo que se dió por terminado el motín, al día siguiente bajo palabra de cada uno de los presos y si faltaban a ella serían muertos, los dejó en libertad, pero con trabajos asignados de los cuales no se debían mover.

Al llegar don Pedro, la población y el fuerte estaban en calma, pero del disgusto el Maestre de Campo estaba en una litera al igual que su hermano Bartolomé, por llevar ya varios días sin comer ninguno lo cual fue remediado por el Adelantado al llegar con la escuadra de Esteban de las Alas, cuyos buques traían alimentos para todos, así se pudo restablecer el bien estar en la posición.

Hubo otro motín en el fuerte, de éste se decidió el Adelantado a dar permiso a los que querían irse, pero como era una carabela solo cabían sobre sesenta, pero tantas eran las ganas de irse, que al final pudieron meterse cien. Don Pedro le dió la orden al piloto de llevarlos a Puerto Rico y que regresase cargado con bastimentos y víveres, pero una vez fuera de la vista del Adelantado, los amotinados invitaron al piloto a navegar a la Habana.

Pero desconocedores de las circunstancias de la mar y las temperaturas, de que al ir tantos el propio calor les iba a hacer mucho daño, además de que el cambiar el lugar de arribada era ir contra corriente, lo que obligó a que el recorrido e ir tan cargada, en vez de tardar entre diez y doce días, consiguieron arribar transcurridos más de treinta, ello se tradujo en que la mayoría de ellos fallecieran en el viaje y según las crónicas, era más que milagro que no murieran todos.

Llegó don Pedro a San Agustín, proveniente de las dos nuevas posiciones de Santa Elena y Guale, que se iban sumando a la larga lista que sería la colonización de La Florida y fue informado de que los indígenas no paraban de atacar, de hecho ya habían matado a dos soldados estando de centinelas y que en un ataque nocturno, había conseguido dar fuego al almacén de la pólvora, por lo que se habían quedado con la que llevaban, a parte de que allí se guardaban los lienzos para los regalos a los indios, más las banderas y estandartes tanto propios como los ganados y todo se había perdido, ya que el viento reinante hizo levantarse muy rápido el fuego y fue imposible el atajarlo.

Como muestra de lo difícil que era el combatir a los indios, hay un documento que por su interés lo transcribimos:

«…que como estos indios de La florida son tan ligeros, y están ciertos que nos los alcanzan, son muy atrevidos en llegar cerca de los cristianos, é otras veces en aguardarlos, é al retirarse los cristianos, corren con ellos mucho peligro, porque tiran tan recio con los arcos, que pasa una flecha la ropa, e la cota que el soldado trae vestida, é son muy prestos en tirar: al disparar el arcabuz el soldado, primero que lo vuelva á cargar, por la ligereza que el indio tiene, júntase con él, y tírale 4 ó 5 flechas, primero que el soldado acabe de atacar el arcabuz, y en cuanto echa el polvorín para cebarlo, el indio se retira entre yerbas é bosques, que es muy buena tierra aquella, é mira cuando el polvorín hace fuego, é abájase, e como desnudo, se muda por entre las yerbas, y en disparado el arcabuz, sale el indio á diferente parte de donde se abajó cuando le querían hacer puntería, e son en esto tan diestros, que es cosa de admiración; é todos pelean escaramuzando: Saltan por encima de la matas como venados: no son los españoles, con mucho, tan ligeros como ellos; é si los cristianos los siguen, y ellos tienen miedo, caminan á la parte donde hay ríos o ciénagas de agua, que hay muchas en la costa de la mar, é como andan desnudos, pásanse á nado, porque nadan como peces, é llevan los arcos é flechas altos del agua, con una mano, porque no se les mojen, é puestos de la otra parte, empiezan a dar grita á los cristianos é reírse dellos, é cuando los cristianos se retiran, vuelven á pasar el río é seguirlos, hasta meterlos en el fuerte, saliendo por entre las matas, é flechando los cristianos, que cuando ven ocasión, no la pierden; é por esto se les puede hacer muy mala guerra, si no es yéndolos á buscar á sus pueblos, cortalles las sementeras é quemarles las casas é tomarles las canoas é derrocarles las pesquerías, que es toda su hacienda, para que dejen la tierra, ó cumplan sus palabras con los cristianos, porque se hacen amigos con ellos los caciques é los indios: haciéndoles buen tratamiento, cuando van á los fuertes de San Agustín é San Mateo, si no les dan de comer, vestidos, hachas de hierro é rescates, vánse muy enojados; rompen la guerra, matando los cristianos que hallan: son indios muy traidores, é que desta manera, á traición, debaxo de amistad, han muerto más de cien soldados los indios destos 2 fuertes de San Mateo é San Agustín, donde los franceses residían: son estos más traidores.»

Visto el problema de la vulnerabilidad de la posición, don Pedro llamó a Consejo de Guerra de Oficiales para ver las posibilidad de cambiar de lugar el emplazamiento y hacerlo más fuerte. Al terminar el Consejo, se decidió el hacer uno nuevo en la entrada de la barra, que lo hacía más inaccesible para los indígenas, pero al mismo tiempo estaba en mejor lugar para vigilar la entrada al cauce.

Al siguiente día, se fueron trasladando a la barra, se dividió a la gente en cuatro partes, para ello se utilizaron los dados (forma curiosa de imparcialidad) para que no hubieran privilegios y cada uno acudiese a donde le había tocado. Mientras don Pedro y los oficiales iban trazando el contorno de lo que debía de ser el fuerte, así al terminar el reparto y ellos el trazado, se comenzó a trabajar.

Como debía de haber gente de vigilancia, solo se designaron a la construcción a ciento setenta personas, mientras el resto se turnaba en guardias para protegerlos. El trabajo comenzaba a las tres de la madrugada (o sea al amanecer) se paraba a las nueve para comer y recuperarse, volviendo a empezar a las dos de la tarde, cuando el sol ya no daba tan de lleno y se mantenía así hasta las seis de la tarde, en que comenzaba a oscurecer.

Era tal la organización y el buen hacer, que en el plazo de diez días la fortaleza quedó casi lista. Al menos ya estaba la artillería montada en sus lugares y el lugar con sus casas terminadas, así como un nuevo almacén más seguro, por estar a resguardo del tiro con las flechas incendiarias.

El Adelantado regresó a la Habana a por más víveres pues este era el verdadero problema de La Florida que no había lugar para la agricultura, o al menos el suficiente para dar de comer con holgura a las tropas y pobladores.

A su llegada se entrevistó con un emisario del Rey, Valderrama, que era de su Consejo, al que contó todo lo que estaba ocurriendo con el Gobernador, el cual ya había recibido como a quinientos hombres de refuerzo en la isla, pero que eran enviados o de los perdidos en el primer viaje de su expedición y no quería darles pasaporte para La Florida. Pero a todo esto no le hizo mucho caso y solo le contestó con decirle que lo hablaría con el Gobernador.

Don Pedro se fue muy desilusionado de la entrevista y se fue a visitar a Juan de Ynestrosa, que era el tesorero de la isla y de La Florida, y éste le calmó diciéndole que trataría de ayudarle, pues ya sus fondos personales no daban para más, pero buscaría ayuda entre los de la isla para que no le faltara de nada, quedando en que en pocos días zarparía una nave con carga de víveres.

Éste le comunicó también, que doña Antonia (la hermana del indio que se había llevado para cristianizar) era una gran mujer, que le quería mucho y estaba deseosa de volver a su tierra, para convencer a su hermano Carlos, que lo de ser cristiano tenía muchas ventajas, así enterado don Pedro del hecho, se fue a visitarla y se llevó varias sorpresas, pues los halagos de ella hacía él eran excesivamente cariñosos, consiguiendo que no les dejaran solos y convinieron en regresar a su tierra en dos o tres días, ya que los bajeles estaban casi dispuestos, por lo que sería muy pronto el hacerse a la mar y ver de nuevo a su familia.


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