Alvarez de Toledo Osorio y Mendoza, Fadrique Biografia

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Biografía de don Fadrique Álvarez de Toledo Osorio y Mendoza



Retrato de Fadrique Álvarez de Toledo Osorio
Retrato de don Fadrique Álvarez de Toledo Osorio.


Capitán General de la Armada del Mar Océano y de la Gente de Guerra del Reino de Portugal.


Caballero de la Orden de Santiago.
Comendador de Valderricote en la Orden de Santiago.
Comendador Mayor de Castilla. A este título agregó la Encomienda de Azuaga.
I Marqués de Villanueva de Valdueza.


Contenido

Orígenes

Nació en Nápoles en el año de gracia de 1589. Esto se sabe, porque en el documento de cuando se cruza caballero de Santiago en 1628, se anota que debe de estar sobre los cuarenta años.

Con este marino hay una serie de confusiones que ha costado aclarar, todo por que fue el segundo hijo del V Marqués de Villafranca del Bierzo y de su primera esposa doña Elvira de Mendoza y Mendoza, quién vino al mundo en la misma ciudad de Nápoles en el año de 1587 fue su hermano mayor García y como es lógico, solo se distinguían por el nombre, a parte de que los dos escogieron la carrera de la Mar, de ahí las confusiones incluso de hazañas de uno puestas al otro y viceversa, pero si se estudia es fácil distinguirlos, ya que su hermano lo fue de galeras y don Fadrique lo fue de los Galeones del Océano, por lo que sus acciones están muy alejadas por ser en distintas aguas, salvo alguna ocasión en que actuaron juntos.

La prueba palpable de ello es que don Fadrique por ser segundogénito nunca tuvo el título de Marqués de Villafranca del Bierzo, a parte de que falleció antes que su hermano, pero en cambio éste falleció sin descendencia, por ello el VII Marqués de Villafranca del Bierzo sí fue su hijo el que heredó los títulos del padre y los del tío VI Marqués, que a su vez eran los de su abuelo, llevando el nombre de su padre don Fadrique Álvarez de Toledo Osorio y los de su madre Ponce de León. Doña Elvira Ponce de León Toledo Zúñiga y Mendoza

Hoja de Servicios

Don Fadrique era nieto de un Capitán General del Mar, hijo de un Capitán General de las Galeras de Nápoles y hermano de un Capitán General de las Galeras de España, aunque su destino no fue precisamente en las ligeras galeras, sino en los poderosos galeones alcanzando una serie de victorias que lo colocan entre los primero marinos del siglo XVII.

Entró a servir en la Armada Real, ya que no contaba con los privilegios de su hermano, tuvo que ganar su propia nombradía demostrando su valor e ingenio especialmente en los combates contra turcos y berberiscos, fue nombrado Capitán General del Mar Océano, a los treinta y dos años de edad, sucediendo en el cargo a don Luis Fajardo, manteniendo como a su segundo ó Almirante al hijo de su antecesor don Juan Fajardo, dejándole al mando de la parte de la escuadra denominada del Estrecho, en el año de 1617.

En 1619 estando la escuadra en su puerto base de Lisboa, recibió la grata visita del rey don Felipe III que se encontraba de viaje visitando su reino, pero quiso S. M. pasar la noche en compañía de su general a bordo de su galeón, una demostración de aprecio pocas veces dadas.

En 1621, se terminaba la tregua de los doce años con las Provincias Unidas, lo que significaba volver al combate y para ello nada mejor, que siendo conocedor de que una flota mercante holandesa con protección iba cruzar el Estrecho, ordenó prepararse para zarpar y situar su escuadra en la bahía de Cádiz, al mismo tiempo pidió se le unieran las escuadras de las Cuatro Villas y la de Portugal.

Se situó don Fadrique cruzando el estrecho de Gibraltar y el 10 de agosto de 1621 aparecieron en el horizonte las velas enemigas, todavía no habían llegado los refuerzos demandados, por lo que solo contaba con siete de sus galeones más dos pataches, contra la escuadra holandesa compuesta de no menos de veintiséis [1] galeones bien armados y unos treinta mercantes algunos de ellos armados.

El almirante holandés al ver la poca fuerza que se le ofrecía no dudo en adoptar la formación de media luna, dejando a su popa a los mercantes, con la orden de que con el fragor del combate todos los enemigos estarían ocupados y ellos aprovechar para pasar fuera de su alcance y ponerse a salvo.

Don Fadrique dispuso a sus galeones separados para evitar que escaparan los enemigos, advirtiendo que el combate sería muy duro por la inferioridad, pero que se les podría parar o al menos hacer mucho daño.

La capitana de España era conocida por su alias de La Doncella, ya que eran un galeón nuevo y todavía no había entrado en combate y otro de sus galeones, conocido por alias de El Atalaya, por ser uno de los más veleros y hermosos, tanto que era siempre el encargado de separarse de la escuadra y servir de aviso de ella.

Por la diferencia de número cada buque español pronto se vio rodeado de dos o tres enemigos, pero la capitana en poco tiempo echó al fondo a dos de los más poderosos enemigos, mientra El Atalaya le sigue por el mismo rumbo y también muy pronto echa a pique a otros dos, mientras el resto de la Armada consiguen hacer dos asaltos y tomar a otros dos que fueron rendidos, al ver esto los holandeses decidieron salir cada uno por donde pudo, ya que los españoles solo habían sufrido daños pero ninguna pérdida.

Así con sus dos presas y los cuatro hundidos, arribó en olor de multitud a la bahía de Cádiz. Y con fecha del 24 de agosto una Real Cédula lo gratifica S. M. con el título de Capitán General de la Gente de Guerra del Reino de Portugal, autorizándole al mismo tiempo a gratificar con pensiones dinerarias a todos los que considerase se habían distinguido en el combate.

Dados sus conocimientos y demostrando quizás algo de repugnancia por la artillería naval, redactó una: «Instrucciones a los navíos de su cargo para la navegación y combate», que consta de cincuenta y cinco artículos, deja ver claramente que para acabar con un enemigo hay que llegar al abordaje, diciendo: «se ha visto por experiencia que escaramuzando desde fuera con la artillería, el enemigo nos tiene la misma ventaja que nosotros le tenemos llegando a las manos» y terminando por explicar: «…no dar la carga hasta estar a tiro de mosquete y, en dando la primera, abordar sin aguardar la otra», se publicó en el mismo año de 1622.

En este mismo año le llegan noticias de que se han puesto de acuerdo los holandeses y el Sultán de Marruecos para establecer en territorio africano una base de apoyo para sus escuadras y estar más cerca de territorio español, para evitarlo zarpa con la escuadra de su puerto de Lisboa con rumbo al canal de la Mancha, a la altura del cabo Ortegal se le unen las escuadras de Guipúzcoa, Vizcaya y Cuatro Villas, mandadas por Oquendo, Vallecilla y Acevedo, reuniéndose en total veintitrés galeones, al hacer su aparición en sus propias aguas los holandeses no se atreven a salir quedando bloqueados en sus puertos, estos pensando que iban a ser atacados reforzaron todas sus defensas, pero no era esa su intención, sino lo que consiguió, que con su presencia no salieran en toda la buena época del año los buques holandeses a realizar la toma del supuesto bastión ó puerto.

Pero quienes no esperaban encontrárselo eran los berberiscos, que sabiendo que la escuadra estaba en los mares del Norte, habían organizado una para atacar a las costas de Andalucía, pero justo cuando ya se encontraban en las cercanías apareció la del Océano, a la cual atacaron destruyéndola por completo.

El 17 de enero de 1624, el rey don Felipe III le reconoce todos sus méritos y con esa Real Cédula le hace merced del marquesado de Villanueva de Valdueza.

El 9 de mayo de 1624 una flota compuesta por treinta y cinco buques, con tres mil hombres de infantería al mando del almirante Jacob Willekens, pertenecientes a la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, penetró en la Bahía de Todos los Santos atacando a la ciudad de San Salvador siendo saqueada y tomada, por ser el enclave más importante del comercio de azúcar portugués.

Al llegar la noticia a la Corte, se toma la decisión de nombrarlo Capitán General de Mar y Tierra de las fuerzas que son destinadas para su reconquista.

Para llevar a buen término la misión encomendada, da la orden de reunirse todas las fuerzas navales disponibles, a la cabeza su escuadra del Océano y la dependiente de ella del Estrecho al mando de don Juan Fajardo de Guevara, la de Vizcaya al mando de don Martín de Vallecilla, la de Cuatro Villas al mando de don Francisco de Acebedo, la de los galeones de Nápoles al mando de don Francisco de Ribera, que en un principio iba a formar parte de la expedición, pero por orden de don Fadrique se quedó en aguas de la Península para no dejarla desguarnecida.

A pesar de las prisas para reunir lo antes posible a tan gran escuadra, no pudo zarpar de la bahía de Cádiz hasta el día catorce de enero del año de 1625, arribando el día cuatro de febrero a las islas de Cabo Verde donde se le unió la escuadra de Portugal, que estaba al mando de don Manuel Meneses, el cual había perdido el galeón Concepción por un reciente temporal, terminando por ser un total cincuenta y dos buques bien artillados y bien dotados de tripulantes, además de llevar embarcados a cinco Tercios de Infantería española, sumando un total de doce mil hombres.

Las escuadras zarparon de las islas de Cabo Verde el 11 de febrero, arribando por fin a San Salvador el 29 de marzo.

Al llegar a la altura de la entrada de la bahía de Todos los Santos, don Fadrique ordenó empavesar a todos los galeones y según nos relata Juan de Valencia: «Tiró pieza D. Fadrique de Toledo, y con grande alborozo, armas en mano, lista y a punto entró la Armada dentro de la bahía, adornada de sus estandarte, flámulas y gallardetes, y la Real y Almiranta Real y Capitana de Portugal, con sus estandartes reales de damasco de la advocación de la Virgen Santísima»

Para impedir la salida de ninguno de lo enemigos, ordenó desplegarse en formación creciente, de forma que la primera línea era de varios galeones y en la última solo habían dos, pero de estos al estar ocultos por el bosque de árboles de los buques españoles que iban delante, se comenzó a desembarcar tropas, consiguiendo en poco tiempo poner en tierra a unos cuatro mil infantes.

Lo curioso de los holandeses, es que era tal la magnitud de la escuadra, que no llegaban a distinguir las banderas y flámulas, por lo que pensaron que eran sus refuerzos.

Las fuerzas desembarcadas pusieron sitio a la plaza, con el acostumbrado saber de los españoles se comenzó rápidamente a zapar el terreno con grandes trincheras, mientras la artillería de sitio hacía su trabajo y los mosqueteros protegían a los zapadores, los cuales consiguieron llegar al pie de la muralla, éste logro a pesar de sus fuegos ya les indicó a los holandeses que solo era cuestión de unos días para ser atacados de firme.

Con esta posición de ventaja, don Fadrique les envió un emisario con un pacto de rendición por el cual no salían muy mal parados y sospesando la situación aceptaron la capitulación siendo el 1 de mayo de 1625.

Los holandeses durante este mes de combates no estuvieron ociosos, pues muy prácticos con los brulotes estuvieron utilizando los buques que sabían que ya no tenían salvación y fueron lanzados como a tales contra la escuadra española, solo que los capitanes ya muy diestros en esta práctica consiguieron desviarlos todos y ninguno hizo el menor daño.

Cuando ya desalojaron la fortaleza los holandeses y entraron los españoles, se contaron a mil novecientos doce prisioneros, se capturaron dieciocho banderas, se encontraron con mercancías valoradas en trescientos mil ducados, otros siete mil doscientos marcos en plata, seiscientos esclavos negros y doscientas sesenta piezas de artillería con quinientos quintales de pólvora, a lo que se sumó que aún pudieron hacerse con seis de sus galeones, pues el resto estaba hundido o quemado y todo esto conseguido, sin que los españoles perdieran ningún buque, solo el de la tormenta.

Los holandeses que sabían que era pariente del Gran Duque de Alba III, no sabían muy bien si las promesas hechas en papel las iba a respetar, pero como mejor muestra de ello, dejamos al pastor calvinista Henoc Estartenius que nos lo diga: «Él ha sido el primero de su familia que durante nuestras guerras fue benemérito de los holandeses»

Al llegar la noticia a Holanda de haber zarpado la escuadra española, la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales decidió ponerse a trabajar rápido para alistar una nueva armada, consiguiendo juntar otra compuesta de treinta y tres naves para acudir lo antes posible en socorro de la que ya había tomado San Salvador.

Enterado don Fadrique de la llegada de los holandeses, celebró un consejo con sus generales y capitanes para tomar las oportunas medidas de defensa pertinentes. En él se decidió mantenerse dentro de la bahía de Todos los Santos a esperar la llegada de los holandeses.

El 22 de mayo la flota holandesa arribaba a la boca de la bahía. En previsión de ser sorprendidos enviaron a dos buques rápidos de aviso, para que evaluaran la situación y aquí es donde se cometió parte del error táctico, ya que estos buques fueron apresados por los españoles, lo que alertó a los holandeses y les hizo tomar más precauciones.

Siguiendo el plan trazado don Fadrique ordenó, asegurar a los prisioneros en cinco urcas siendo fondeadas bajo el fuego de los castillos y a seis de sus buques que ganaran barlovento, mientras el resto de la escuadra estaba a sotavento, por lo que si estos primeros simulaban salir huyendo dándoles las popas, la escuadra holandesa entraría confiada siendo entonces cuando caerían en la trampa de verse atacados por ambos costados, lo que ya casi aseguraba la victoria.

Los galeones cumplieron su misión, pero los holandeses quienes venían formados en dos largas líneas, al ver lo fácil de la maniobra no les siguieron por desconfianza y lo peor fue, que al estar en la bocana de entrada divisaron en el fuerte de San Salvador las banderas y gallardetes del rey de España, cayendo definitivamente en la cuenta de que era una trampa, por lo que viraron y salieron rápidamente.

En la escuadra holandesa ya se habían declarado los primero casos de escorbuto, por lo que apremiaba arribar a algún punto para reabastecerse y muy rápidamente, por ello pusieron proa a la bahía de la Traición, pero como eran seguidos desde lejos por los avisos de la escuadra española, se comunicó inmediatamente a los Gobernadores de Pernambuco y Parayva, quienes organizaron inmediatamente una fuerza que por tierra se puso en camino a éste lugar, a lo que se sumó que don Fadrique quería acabar con ellos, por lo que la escuadra zarpó en su persecución, así se vieron atacados por tierra y al mismo tiempo avistando las velas españolas, lo que les decidió a abandonar el lugar y zarpar en franca huída con rumbo a mar abierto.

A lo largo de toda esta campaña los españoles, sólo perdieron un buque.

Para cerciorarse de que no regresaban, envío al más rápido de sus galeones para que durante unos días los mantuviera bajo vigilancia a distancia observando el rumbo de la escuadra holandesa, confirmando que el mantenido ya les llevaba de vuelta a su país, regresó para comunicar la buena nueva, por lo que ya don Fadrique en la confianza de no ver en peligro de nuevo a San Salvador, decidió terminar las obras de refuerzo de la fortaleza, disponiendo la instalación de parte de la artillería apresada a los holandeses para aumentar su capacidad de fuego y dejando asegurada la plaza con varias compañías de infantería. Se dio por satisfecho y dio orden de prepararse para regresar a la Península.

Así todo listo y asegurado, zarpó la escuadra de la bahía de Todos los Santos con rumbo a la Península, quedando demostrado en el trayecto que en la mar no solo están los enemigos, pues las aguas las había dejado limpias de ellos, sino que los elementos también juegan un gran papel, ya que tuvo la escuadra más perdidas por ellos que por efecto de los enemigos. Se perdió una urca, un patache, el galeón San Nicolás y el galeón Almiranta de la escuadra de Portugal en la isla de Fayal, por distintos motivos y en distintos lugares.

Al arribar al cabo de San Vicente las escuadras se separaron cada una a su zona designada para descansar, la del Océano continuó rumbo al Este cruzando el estrecho de Gibraltar y arribando el día veinticuatro de octubre del año de 1625 al puerto de Málaga.

El recibimiento fue muy caluroso y don Fadrique proclamado por el vulgo como el gran héroe de España.

Pero él no relaja la presión, sabía que no habían muchos buques y a veces escasos de marinería, lo que a la larga produciría una gran pérdida moral y material, así se dispuso a no perder tiempo ni dejar que la gente se relajara, aprovechando esta inactividad dio orden de mantenerse en la mar realizando cruceros sobre las islas Terceras en previsión de ataques a las Flotas de Tierra Firme, arribando de nuevo a la bahía de Cádiz cuando las vituallas comenzaban a escasear.

Él no descansaba, pero igual que demostraba que él lo podía hacer, castigaba sin titubear a quien no seguía su ejemplo, dándose el caso concreto de que los capitanes Erauso y Villanueva, al mando de sus galeones fueron enviados a cazar un buque corsario turco, pero no le pudieron dar alcance y se les escapó, al regresar sin la presa fueron privados del mando sin más contemplaciones, por no haber puesto todo el interés y conocimiento en la acción.

Como siempre el gracejo andaluz se volvió a poner a nivel del gran héroe y se sabe por ser conservado un impreso de autor anónimo, en el que está la fecha del año de 1626 que imprimió Simón Faxardo en la ciudad de Sevilla y que dice:

La Armada Real, que gobierna
el general don Fadrique,
digo, el nuevo Julio César,
el Alejandro español,
cuya generosa diestra,
desde el Ganges al Danubio
hace que su nombre teman.

Noventa leguas de España
se descubrieron sus velas,
que azotando las espumas,
espanta su grandeza.

En el mismo año de 1626, se le ordena arribar a la plaza de la Mámora (Medhia), ya que se encontraba asediada por los moros, arribando a tiempo y arrasando a la escuadra enemiga, desembarcando tropas, víveres y pertrechos de guerra dejándola asegurada.

El resto del año de 1626 y el de 1627 completo, lo ocupó en cruzar constantemente entre el cabo de San Vicente y Santa María para vigilar el paso obligado de ingleses y holandeses con rumbo a Tierra Firme evitando con su vigilancia que ninguno se atreviera a burlarle, así aquellas aguas y tierras tuvieron un poco de paz.

En 1628 se vuelven a unir la escuadra de Cantabria y la Real del Océano zarpando de la Coruña con diecisiete galeones y pataches, con rumbo al puerto francés de Morlian en el que con desprecio a su fortaleza penetró, bombardeó y volvió a zarpar.

Como no paraba, decidió navegar hasta la Habana y por un tiempo la tuvo como a su base principal, así ejercía con su presencia una presión para aquellos que querían navegar a Tierra Firme solo para robar al Rey de España.

Encontrándose aquí se enteró de la llegada de una escuadra fuerte holandesa a la isla de San Cristóbal, hay diferencias en cuanto al número de buques enemigos, pero una cifra media da ochenta y siete, a los cuales se enfrentó el día dos de diciembre del año de 1629 siendo un duro combate pero consiguió destruirlos por completo.

En la parte Sur de la isla se encontraban los ingleses con un fuerte llamado Charles, contando con veintidós cañones de hierro y nueve pedreros, con una guarnición de mil seiscientos hombres, dispuesto de tal forma que todo el fondeadero se encontraba bajo el fuego de la artillería.

Pero no estaban solos ya compartían rapiña con los franceses, en la cercana isla de las Nieves así se cubrían mutuamente, porque a su vez disponían de dos fuertes en la parte Norte, uno era el de Basse-Terre, con once piezas y otro no muy lejano, que al igual que el inglés con sus fuegos cubría todo el fondeadero lo que hacía muy complicado el poderlos tomar.

Pero nada de todo esto paró a don Fadrique, ya que en una semana de combates los tomó a los tres, capturando un botín de dos mil trescientos prisioneros, ciento veintinueve cañones con cuarenta y dos pedreros, más mil trescientas cincuenta armas de fuego, sufriendo solo la pérdida de cien españoles.

A primero de 1630 iba a zarpar una Flota de la Plata de la Habana y decidió darle escolta, en el viaje no hubo ningún problema, pero al dejar a buen recaudo la Flota en la bahía de Cádiz, se le comunicó que había una escuadra holandesa en las islas Afortunadas, por lo que no llegó ni a desembarcar, levando anclas y poniendo la escuadra a rumbo. Al arribar a las islas los encontraron dados a la banda por estar siendo carenados, así que poco le costó el destruirlos a todos.

Pero como los documentos, tratados y capitulaciones están para romperlos, al año siguiente los ingleses y franceses ante la debilidad ya contrastada de la Armada española regresaron, y no solo se conformaron con recuperar lo que don Fadrique les había obligado a devolver, sino que se extendieron por las isla de Antiguas, Anguila, San Bartolomé y Monserrat.

Realizó su último servicio como Capitán General de la Escuadra del Mar Océano, al transportar en ella al cardenal-infante don Fernando, hermano del rey don Felipe IV, a Flandes, por haber sido nombrado su Gobernador.

Don Fadrique ya muy cansado, pues llevaba más de treinta años prácticamente sin estar en casa y siempre en la mar, sus asuntos personales se le habían ido acumulando y por las repetitivas llamadas de su esposa, decidió pedir el retiro a S. M. Éste tampoco se lo concedió a la primera ya que era conocedor de su valía, pero al final transigió y en 1633 le concedió el retiro, pero con la condición de que siguiera a su lado en la villa de Madrid.

En 1634 no teniendo en ese momento hombre de mayor confianza y conocimientos, el Conde-Duque de Olivares consiguió del Rey que firmara para que regresara don Fadrique a tomar su puesto y con una escuadra pusiera rumbo a Pernanbuco para recuperarla de manos de los holandeses.

Don Fadrique conocedor perfectamente de lo medios disponibles, se negó a realizar el viaje, pues eran insuficientes y mal dotados. A lo que se añadía que a lo largo de toda su vida al servicio del Rey, sólo había disfrutado de dos meses de licencia y había pedido el retiro para arreglar los asuntos de su casa, que ya estaban comenzando a amenazarle con pleitos, lo que le obligaba a prestarle una mayor atención, al menos durante un tiempo a los suyos.

El Conde–Duque muy molesto por esa desobediencia, le envío una carta en la que entre otras cosas le echaba en cara que: «había ganado en el servicio del rey caudal y honores» a lo que don Fadrique le contestó: «Había servido a S. M. gastando su hacienda y su sangre y no hecho un poltrón» Esta respuesta se supone que fue su perdición.

Y tenía toda la razón, ya que como General de la Armada del Océano nunca cobro un maravedí y en más de una ocasión, había pagado de su peculio personal desde sueldos a reparaciones de los buques.

Pero la vanidad y engreimiento del Conde-Duque no se paró, pues al parecer le sentó muy mal lo escrito por don Fadrique, la reacción de Olivares fue la de acusarle por desobediencia, siendo en principio encarcelado en su propia casa, pero solo por esa noche, ya que a la mañana siguiente lo encarcelaron en Santa Olalla.

Ya estaba débil de salud cuando pidió el retiro, pero ahora el encierro y las incomodidades iban agravando su mal. Los médicos no podían visitarle por estar muy alejado de ellos. Por ello doña Elvira demandó que se le pudiera trasladar a otro lugar donde pudiera recibir la debida atención. Le dieron la licencia para que no estuviera a menos de cuatro leguas de la Corte, por lo que se llegó hasta donde su cuerpo aguantó que fue la población de Móstoles.

Convencidos de que no era una treta para estar cerca de la Corte, cosa que se pudo enterar el Conde-Duque al interrogar a los médicos que ahora sí le visitaban, consintió que lo hicieran llegar a la Villa. Doña Elvira no paraba, pues por tener prohibido ir a su propia casa, buscaba alguna donde poder poner a su esposo bajo techo, consiguiendo ser invitara por doña Juana Calderón, que era viuda de don Diego López de Salcedo pero al llegar estaba custodiada por la guardia del Conde-Duque, los cuales le impidieron el paso, así se fue echando la noche encima y el enfermo sin techo.

Viendo que no había más solución, uno de sus criados don Antonio Rodríguez de Frechilla, que a su vez era el secretario de la Real Armada, decidió ofrecerles su domicilio en el cual si que pudieron entrar, pero la guardia los siguió y bloqueó la puerta, por la que solo pasaban los médicos y su esposa.

Por estas mismas fechas el Conde-Duque, comenzó a ver en toda la familia de los Álvarez de Toledo enemigos, así determinó el destierro de la Corte de don Antonio Álvarez de Toledo y Beaumont VI Duque de Alba y la de su hijo don Fernando Álvarez de Toledo Mendoza Condestable y Canciller de Navarra.

Al estar en el conocimiento de la gravedad de don Fadrique, el Conde-Duque en su malicia persecutoria no quería que falleciera sin ser conocedor de su venganza, por lo que el día seis de noviembre y a puerta cerrada sin defensores, se le condena a destierro perpetuo del Reino, una multa por pago de costas de diez mil ducados, anulación y privación de todos los títulos, mercedes, encomiendas, rentas y la inhabilitación para todo cargo público. Justo este último debía de negarlo llevado por su ceguera, ya que don Fadrique nunca ocupó un cargo de esta naturaleza a diferencia de por quien era perseguido.

El mismo Conde-Duque preparó los documentos, que presentados al rey don Felipe IV los firmó sin reparos, con la intención de que al día siguiente doce de noviembre le fueran entregados a don Fadrique, pero no contaron con la amistad de doña Elvira con la reina doña Isabel de Borbón y ésta dió orden de no entregar los documentos, en atención al enfermo y a los ruegos de doña Elvira, consiguiendo así evitar a don Fadrique la desagradable noticia que a buen seguro hubiera acelerado su fallecimiento.

Doña Elvira no dejaba pasar ocasión, por lo que de nuevo consiguió que pudiera ser trasladado a su casa, realizándose el transporte en una silla de mano el día dieciséis de noviembre. Se había preparado un altar, a su llegada fue acostado en su cama donde oyó la ceremonia religiosa de la misa recibiendo la eucaristía.

En un momento de reposo y en su sano juicio, hizo testamento en el que quedó como albacea de todos sus bienes su esposa doña Elvira.

Le sobrevino el fallecimiento sobre las veintiuna horas del 10 de diciembre de 1634.

Al día siguiente se expuso su cuerpo en el salón de entrada de su casa, se veía de medio cuerpo hacía arriba y entre sus manos, el crucifijo y su bastón de mando, como a tal General de la Mar que era.

Se fue corriendo la voz de su fallecimiento y como era muy apreciado por el pueblo, éste comenzó a acudir casi en masa a presentar sus respetos y condolencias a la viuda. Pero también llegó a oídos del Conde-Duque, quien sin perder un instante ordenó a su guardia que acudiera al lugar y evitara que se celebrara nada.

La casa estaba casi llena de gentes, que se vieron sorprendidos por la súbita entrada de la guardia, obligando a todos a desalojar el lugar y cerrar las puertas para evitar tumultos. Se quedaron hasta el anochecer como si de delincuentes se tratara, esperando que los vecinos se encerraran en sus casas y las calles vacías, sobre las veintidós horas salieron todos con sus restos mortales a escondidas, trasladándolo al Real Colegio de la Compañía de Jesús en la Villa. Siendo introducidos por la portería y llevados al altar mayor, donde tras un breve oficio de la Santa Misa fue sepultado.

Al morir dejó a dos hijas y a su mujer embarazada, que tuvo el feliz alumbramiento el día veintisiete de Febrero del año de 1635 dando a luz un varón, que heredó la casa del padre y la de su tío, siendo bautizado con los nombres de Fadrique Álvarez de Toledo Osorio y Ponce de León, II marqués de Villanueva de Valdueza, por su padre y por parte de su tío al fallecer el 21 de enero de 1649 la Grandeza de España, VII Marqués de Villafranca del Bierzo, IV Duque de Fernandina, IV Príncipe de Montalbán. etc. etc.

La musa popular divulgó nuevo chascarrillo, esta vez del pueblo de Madrid que reflejaba los grandes sacrificios realizados por el finado, y dice:

Porque don Fadrique, apenas
en festejos de la paz,
se halló sin ecos de guerra.

Matías de Novoa, en su «Historia de Felipe IV», dice:

«¡Quien dijera que moriría don Fadrique, antes que de las balas y de la pólvora de los enemigos, de los letrados, y de sus derechos, y de la envidia de un valido que emulaba acciones y los grandes hombres!»

Por reclamación más que justificada de don García Álvarez de Toledo Osorio y Mendoza, VI marqués de Villafranca del Bierzo, hermano del finado don Fadrique y tío del recién nacido don Fadrique, aduciendo que los males de los padres no deben de sufrirlos los hijos, se le devolvió por Real Cédula del día doce de julio del año de 1635, el marquesado de Villanueva de Valdueza.

En el año de 1643 el Conde-Duque sufre su caída, lo que se tradujo inmediatamente en la rehabilitación de la memoria de tan esforzado general de la mar, siéndole devueltos a su familia todos los títulos, honores y dignidades, que con tanto esfuerzo había conquistado en vida.

No obstante al parecer no se les daba todo lo que se les debía, ya que hay un documento fechado en el año de 1647, por el que la viuda doña Elvira Ponce de León Toledo Zúñiga y Mendoza eleva un: ‹Memorial› al Rey del estado de su Mayorazgo, en el que se destaca un párrafo que pone de manifiesto las penurias por las que estaba pasando, diciendo: ‹Hace años que no salgo de la casa por no gastar, no teniendo ya bienes que vender ni si quiera para poder comer›

Este es el pago que recibía la familia de uno de los mejores generales de Mar español de todo el siglo XVII.

Notas

  1. Y la que lleva el título «Victoria que el Armada Real de que es general D. Fadrique de Toledo tuvo en el Estrecho con nueva Naos de su escuadra contra 26 de olandeses, que venian de Levante…» Sevilla, 1621, relacionado en la Colección de Navarrete, en su tomo XXXVIII. Existe en la misma relación otro libro pero que aumenta el número de bajeles enemigos con el siguiente título: «Relación verdadera de la victoria que tuvo D. Fadrique de Toledo Ossorio, Capitán General de la Armada y del exército del mar Océano, contra treynta y un navíos de Olandeses en el Estrecho de Gibraltar»


Bibliografía:

Bauer Landauer, Ignacio.: Don Francisco de Benavides cuatralvo de las galeras de España. Madrid 1921.

Historia de Felipe IV, rey de España, conforme al Manuscrito que existe en la biblioteca Nacional. Memorias de Matías de Novoa, ayuda de cámara del Rey. Colección de Documentos Inéditos, tomos 69, 77, 80 y 86.

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1957. por el contralmirante don Carlos Martínez-Valverde y Martínez.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Museo Naval. Tipográfico Sucesores de Rivadeneyra. Madrid. 1895-1903.

Fernández de Navarrete, Martín.: Biblioteca Marítima Española. Obra póstuma. Madrid. Imprenta de la Viuda de Calero. 1851.

O‘Donnell y Duque de Estrada, Hugo.: Los Álvarez de Toledo el Mar. Junta de Castilla y León. María del Pilar García Pinacho (Ed.) Los Álvarez de Toledo Nobleza viva. 1998.

Silva, Alberto.: Dos españoles en la Historia del Brasil. Ediciones de Cultura Hispánica. Madrid, 1953.

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