Diego Rivero bombas achique de metal 1526

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1526 Bombas de achique de metal Diego Rivero



Por Real cédula del 9 de noviembre de 1526 firmada en Granada, se sabe se le admitió la invención que previamente había propuesto al rey Carlos I «…para achicar agua de las naos.» El mecanismo de su invención consistía, en unas bombas de metal para achicar el agua de los vasos, afirmando conseguirían sacar diez veces más que las utilizadas hasta entonces construidas en madera.

El 13 de octubre de 1531 fueron nombrados unos peritos, para estudiar la viabilidad del nuevo mecanismo; su informe fue totalmente favorable a la mejora que se produciría. Fue tan rápida la respuesta de aprobación que el 4 de noviembre seguido y estando la Reina en la población de Medina del Campo, ordenó fuesen nombrados los maestros, marineros y personas prácticas necesarias, para llevar a efecto una prueba en una nao con las bombas de achique inventadas por Rivero.

El 25 seguido se reunieron a bordo de la nao Santa María del Espinar; pero para llevar a cabo la prueba y dar Fe de que así era, se presentó un escribano, ante el cual prestaron juramento, de ser y cumplir fielmente con la misión encomendada. Fueron probadas las bombas, la más pequeña se movía con un tercio menos de personas, que las utilizadas hasta ese momento achicando igual cantidad de agua que dos de las grandes de madera y la mayor, lograba el efecto de cuatro de las grandes con la mitad de hombres, veinte en vez de cuarenta. Además las nuevas tenían mucho menos peso y eran por ello más manejables, facilitando el esfuerzo de ponerlas encubierta si se atascaban en mucho menos tiempo.

Vistas las pruebas y al terminar la demostración se encaminaron a la Casa de Contratación, allí discutieron habiendo comprobado sus ventajas y comportamiento. Su veredicto fue tan elocuente y favorable que fue firmada una Real cédula el 12 de enero de 1532, por ella se le abonaban sesenta mil maravedíes, al mismo tiempo se le ordenaba entregar una a Ginés Carrión, quien como capitán de la nao Santa María Alta, estaba preparada para hacerse a la mar con destino a Nueva España, con la intención de ser probada, si llegaba el caso en situación real y no de pruebas.

Esta nao, precisamente sufrió unos temporales causándoles graves averías, ante ellas se vio obligado a virar y regresar al puerto de partida, arribando a Sevilla. A su arribada la Casa de Contratación inició una investigación, por lo sucedido pasando ser interrogados y por separado, los pilotos y el maestre, los cuales después de relatar la experiencia, concluían diciendo: «…que la nao se había podido salvar y por ello regresar al puerto de partida, por lo efectiva que había resultado la bomba de Rivero.»

A pesar de todo ello y como tantas veces en nuestra historia, se sacrificaron en aras de la sana economía de las arcas reales, sin reparar en las ventajas de contar con un buen mecanismo, el cual podía salvar mercancías mucho más valiosas, eso sin mencionar las vidas de las tripulaciones.

Por ello al ser redactadas por los jueces las normas de tamaño para acoplar a cada nao las convenientes, se producía una desafortunada cantidad de ellos, elevando el coste por la diversidad de tamaños de cascos. Razón por la que se le dio el negocio a Vicente Barroso, quien había mejorado las antiguas, pero seguían siendo construidas en madera y este material las convertía en mucho más económicas que las de metal. Quedando postergadas las de Rivero pasando a ser construidas en 1545, pues seguían siendo mucho más efectivas que sus predecesoras fabricadas en madera.

Por ello una vez más la historia, se repetía, dándose la cruel paradoja por la que Rivero no pudo ver sus bombas embarcadas, pues la muerte le sorprendió en fecha no concreta, pero entre finales de 1532 y principios de 1533; hay quién apunta y tampoco sería la primera ni la última vez que el fallecimiento se produjo, precisamente por haber demostrado la valía de las suyas pero se inclinaron por las de otro, no tan eficaces, está decisión le dejó postrado y absorto en si mismo llevándolo al poco tiempo a una pérdida de fuerzas. Pero la hacienda es la Hacienda Pública.

Suponemos que diagnosticar como «depresión» su muerte en aquella época era algo desconocido totalmente, pero es una enfermedad que en algunos casos efectivamente puede acelerarla.

Bibliografía:

Fernández de Navarrete, Martín.: Biblioteca Marítima Española. Obra póstuma. Imprenta de la Viuda de Calero. Madrid, 1851.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895—1903.

Fernández Duro, Cesáreo.: Disquisiciones Náuticas. Facsímil. Madrid, 1996. 6 Tomos.

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